LAS SIERRAS ALBACETEÑAS DE ALCARAZ Y SEGURA.
Hace poco más de cinco años que llegué a mi nuevo destino de trabajo en la localidad madrileña de Torrejón de Ardoz. Lo primero que hice, recuerdo, nada más entrar en mi oficina, fue desplegar dos grandes pósters de los Chorros del Mundo y de la Piedra del Prado de Ayna, a cuyos pies se levanta escalonada la población de Royo Odrea. Mis compañeros, que se admiraban y maravillaban al contemplar la beldad de aquellos paisajes, se extrañaban que Albacete pudiera guardar unos parajes tan excepcionales y hermosos. Ellos identificaban nuestra provincia con llanura y desolación, con grandes campos de cereales y terrenos totalmente deforestados, incapaces de llamar la atención del viajero.
Pero cuan equivocados estaban, y así lo comprendieron poco después cuando puse ante ellos tres grandes álbumes fotográficos con paisajes de Nerpio y Yeste, y otras fotografías de ese mágico nacimiento del río Mundo. Y se asombraban cada vez más al ver el embalse de la Vieja, en el río Zumeta, el curso del río Tus , el Calar del Mundo, el nacimiento de Arroyofrío, el Charco de las Truchas o la Peña de la Cabeza, una piedra modelada por la lluvia, el hielo y el paso del tiempo que posee un extraordinario aspecto humano. Les mostraba además lugares llenos de historia como la monumental Alcaraz, Riópar Viejo y Cotillas, con sus arruinados castillos guerreros, la población de Yeste y muchos otros lugares, rincones y recovecos de las sierras albaceteñas de Alcaraz y Segura, que iban impresionando en gran manera a aquellos que ponían sus ojos en las imágenes captadas por mi cámara fotográfica.
Lejos de otros sistemas orográficos españoles, como Pirineos o Picos de Europa, nuestras sierras albaceteñas tal vez no sean tan espectaculares, aunque sí esconden en su interior algunos parajes que no tienen nada que envidiar, en cuanto a belleza, a aquellos famosos montes. Parajes con montañas tapizadas de arbolado, y otras que son pura roca, montañas todas ellas preñadas de agua, que dan a luz en mil fuentes y manantiales. Algunos de estos manantiales ofrecen aguas superlativamente gélidas hasta en el mismo verano, otros son tan sorprendentes y prodigiosos como la cascada de los Chorros. Además, todo este territorio está dotado de un gran valor medioambiental, y, junto a las sierras jienenses de Cazorla y Segura, forma parte del más importante pulmón de este árido sureste peninsular.
Las sierras de Alcaraz y Segura se enmarcan dentro del sector Prebético del Sistema Bético, aunque la segureña Sierra de Taibilla se sitúa ya en el sector Subbético. Estas cordilleras, formadas básicamente por calizas sedimentarias del Jurásico y Cretácico, emergieron del mar hace unos 30 millones de años, como consecuencia de los movimientos orogénicos alpinos. Estos movimientos empujaron al continente africano contra nuestra Península produciendo continuos anticlinales y sinclinales en estas y otras zonas peninsulares, aunque en estas sierras el proceso fue mucho más complejo. En ellas se produjeron cabalgamientos, fallas de desgarrre y pliegues muy apretados que originaron una superficie caracterizada por continuas cresterías y ondulaciones montañosas. Las mayores elevaciones de estas sierras albaceteñas son el Almenara, de 1.798 m., el Mentiras, de 1.897 m. y el Cagasebo, máxima altura provincial con 2.081 m. de altitud.
Entre estas sierras y elevaciones corren ríos y arroyuelos que van a morir a tres cuencas diferentes. Por una parte algunos ríos como el Tus, el Taibilla, el Zumeta y el Mundo son afluentes del río Segura. Otros, como el Guadalmena y el río Guadalimar, irán a morir al océano Atlántico por medio del Guadalquivir, y otros más, como el Arquillo, el Pesebre y el Montemayor, afluyen sus aguas al río Jardín, un pequeño aprendiz de río situado en la cuenca del Júcar que jamás llegará a recibir la licenciatura, pues su caudal se pierde en la llanuras de Balazote.
El cauce de estas corrientes de agua ha ido modelando barrancos tan singulares como el Estrecho del Diablo en el río Tus, o el cañón que forma el Mundo entre Los Alejos y Los Cárcabos. Este último río, después de pasar por esta angosta estrechura, besa los pies de algunas localidades como Ayna o Liétor. Además ambos ríos han tallado en parte el Calar del Mundo, una montaña que se levanta como un impresionante bastión, con grandes cortados y paredones calizos, que posee infinidad de simas y cuevas, con lóbregas y oscuras profundidades, donde la naturaleza guarda sus secretos más íntimos. Su superficie es igualmente llamativa, con gran abundancia de modelados kársticos, llegando a contabilizarse en ella hasta cerca de 1.000 dolinas.
Quedan rincones aún con auténticas selvas autóctonas de carrascas, robles y pinos laricios, a pesar de que en otros tiempos se llevaron a cabo talas casi incontroladas. Entre estas especies crecen otras como los avellanos, olmos de montaña, sauces, fresnos, acebos, mostajos, guillomos, arces, tejos, álamos, sabinas, espinos, agracejos, aladiernos, bojes, olivillas, durillos, zarzas, jaras, madreselvas, clemátides, etc. Hay especies tan emblemáticas como la diminuta violeta de Cazorla o la grasilla, una planta carnívora que vive en las paredes húmedas de los Chorros. Entre esa flora crecen ejemplares milenarios como el tejo del Padrón, el tejo del Cerro de las Cruces o la sabina del Alcaboche de Letur. Otros llevan ya varios cientos de años vegetando como el Pino Toril, el Plantón del Covacho o la Carrasca de la Centella. Otros más, como el Pino Abuelo de Riópar, cayeron abatidos hace años por el hacha cruel del inmisericorde leñador.
Por aquí corrieron lobos hasta mediados del siglo XX y hubo osos hasta el siglo XVI. Huellas de estos plantígrados han quedado en algunos orónimos y unas cuantas leyendas, que nos hablan de la imaginación que pueden llegar a tener estas gentes serranas. Sin embargo el jabalí, que llegó a desaparecer por completo de algunos lugares, es hoy día abundante al igual que el zorro, el gato montés, la jineta, la ardilla, el tejón, el lirón careto o el turón. El águila real, el águila culebrera, el azor, el búho real, el cárabo, el autillo y la nutria aún se reproducen con éxito y existen especies tan raras como la lagartija de Valverde o el musgaño de Cabrera. De vez en vez el macho montés deja entrever sus afilados cuernos por encima del Calar del Mundo e incluso en alguna ocasión algún ciervo ha llegado procedente del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, como ocurrió hace pocos meses en el Hueco de Tus. Algunos afirman también que se ha llegado a ver algún lince por nuestras sierras.
Hay de igual forma una gran diversidad de pequeños pajarillos como los mitos, trepadores, martines pescadores, carboneros, herrerillos, piquituertos, ruiseñores y otros no tan pequeños como el mirlo acuático, la bellísima y gualda oropéndola, el pintado abejaruco, los torcecuellos, abubillas, cucos, chotacabras, etc. La cita de la relación de insectos sería interminable aunque cabe destacar el hermosísimo lepidóptero Graellsia isabelae, el ciervo volante, el escarabajo errante, la mantis religiosa, la hormiga león, grillos, cigarras, saltamontes, chinches, cincidelas, libélulas, avispones o el gran capricornio y la saperda del chopo, pequeños invertebrados, estos dos últimos, de mirada furibunda que asemejan monstruos salidos de filmes de terror. Los arácnidos, cazadores de insectos, no le van a la zaga en representación, con especies como la araña cangrejo, la araña de la cruz, la araña lobo, la araña avispa, etc.
Bosquejos históricos.
Estas sierras estuvieron habitadas desde muy antiguo como así se ha podido constatar en las pinturas rupestres paleolíticas de la Cueva del Niño, en Ayna, y las pinturas neolíticas de Letur y Nerpio. Del mismo periodo se han hallado multitud de piedras pulimentadas, llamadas por los lugareños piedras del rayo porque existía la creencia de que eran arrojadas por las tormentas. También han podido hallarse numerosos yacimientos de las edades del Bronce y del Hierro. El mismo Estrabón cuenta que estas sierras estuvieron pobladas por oretanos y bastetanos. Del periodo romano citan algunos autores una vía que desde Ilunum iba a Cástulo, pasando por las cercanías de Elche de la Sierra y Riópar. Esta vía pasó luego a formar parte probablemente del camino real de Murcia a Andalucía que cruzaba el río Mundo por Mesones, un paso que dejaba a los carros días enteros paralizados por la crecida del agua cuando se producía el espectacular Reventón de los Chorros.
Tras la Reconquista, los municipios que componen hoy día estas sierras pasaron a pertenecer al Concejo de Alcaraz y a la Orden de Santiago. Dentro del alfoz de Alcaraz se incluían todas las poblaciones que se extienden a su alrededor hasta Cotillas, Riópar, Molinicos, Elche de la Sierra y Ayna, donde se marcaba el límite de su territorio con la Orden. Incluso alguna población de Jaén, como Orcera, o de Ciudad Real, como Villanueva de la Fuente, quedaron incluidas en sus términos jurisdiccionales. Alcaraz, desde que conquistó estas tierras en 1213, ejerció el dominio absoluto de sus aldeas hasta que éstas consiguieron su independencia de la villa madre, sobre todo en el siglo XVI que marcó su declive definitivo. Antes había obtenido numerosas mercedes y favores de los distintos soberanos de la corona, recibiendo el título de ciudad con Juan II y los de Muy Noble y Leal en el reinado de los Reyes Católicos.
Ese siglo XVI, que marcó la decadencia del Concejo alcaraceño, fue sin embargo cuando se construyeron sus principales monumentos que todavía hoy perduran. La población vivía alrededor del castillo pero comenzó a bajarse al llano, y con el tiempo también hicieron lo mismo sus principales instituciones, que estaban situadas en la Plaza de Arriba. Entonces se decidió construir la Plaza de Abajo, o Plaza Mayor en la actualidad, donde existen auténticas joyas arquitectónicas como las lonjas del Ahorí, de Regatería y de Santo Domingo y la iglesia de la Trinidad (aunque esta es del siglo anterior). Entre esta iglesia y la lonja de Santo Domingo, que también fue convento y prisión, se alzan las torres de la Trinidad y del Tardón. La segunda, que debe su nombre a que tocaba de tarde, según los acontecimiento que se anunciaban, fue la última gran obra del prestigioso arquitecto alcaraceño Andrés de Vandelvira, aunque posiblemente fue rematada por algunos de sus discípulos.
La Orden de Santiago ejerció su dominio desde las encomiendas de Socovos, a las que pertenecían las villas de Liétor, Férez, Letur y la propia Socovos, y la de Yeste y Taibilla. Esta última en un principio quedó dividida en dos encomiendas, pero la despoblación de Taibilla y Nerpio, seguramente ante las continuas incursiones de los guerreros del cercano reino nazarí de Granada, hizo que ambas quedasen encuadradas en una sola cuyo control y dominio se ejerció desde el castillo de Yeste. La Orden de Santiago extendió su poder por esta comarca a partir de 1241, durante el reinado del rey Santo don Fernado, cuando la caída de Chinchilla y Hellín facilitó el avance cristiano a través de los valles del Mundo y Segura.
Desde la conquista de estas tierras a los árabes ambas instituciones facilitaron su repoblación con gentes cristianas venidas del norte. Estas gentes sencillamente delimitaban un territorio y lo limpiaban de pinos para ponerlo en cultivo, y sin necesidad de escrituras ni papeles se convertían en sus amos. No hacía falta echar censos para tener tierras. Tenían menos papeles que la burra de un gitano, pero no los necesitaban para vivir allí, simplemente la tierra pertenecía a quien vivía en ella. Aunque no todos los intentos repobladores fueron un éxito, más aún teniendo en cuenta lo quebrado del terreno y lo extremado de su clima. Sin embargo a partir del siglo XVIII, y sobre todo en el siglo XIX, se produjo el auténtico "boom" demográfico de la comarca, llegando a alcanzar sus mayores cotas de población a mediados del siglo XX.
La sierra bullía entonces de gente. En todos los cortijos vivía gente y casi todos ellos se conocían o estaban emparentados, y cuando se veían se abrazaban como si no se hubiesen visto en muchos años. Y hablaban del tío Vicente, empleando la palabra tío como muestra de respeto, y del hermano Hilario, el de las cabras, o de la abuela Marianica, la que hilaba los copos de lana a la puerta de su casa. Vivían en unas condiciones de vida muy inestables, pero siempre se las apañaban para ir tirando. Aunque no estaban entonces los tiempos para tirar precisamente, pues a unos periodos de harturas, como los de la matanza, sucedían otros de hambrunas en que faltaba de todo y no sobraba de nada. Pero siempre encontraban remedio para todo excepto para la muerte. Las mujeres hacían el jabón con la pringue que sobraba de los guisos y la lejía con las cenizas de carrasca, que decían dejaba la ropa blanquísima, aunque eso sí la colada era faena de varios días. Los hombres trabajaban de sol a sol y a veces, azuzados por las agudas espuelas de la necesidad, tenían que embarcarse en largos viajes hacia los campos manchegos a la siega del cereal o a la vendimia, sólo con lo puesto, con una hogaza de pan bajo el brazo y un trozo de queso o tocino en la faldriquera. Incluso en invierno iban a varear la aceituna a Andalucía atravesando calares cubiertos de nieve, luchando contra el frío, contra el viento y contra la soledad.
Tiempos de lobos.
E iban anda que te anda por las quiebras de valles y barrancas y por los altos calveros, siempre montados sobre sus alborgas que los llevaban adonde ellos quisieran ir, aunque algunos tenían la suerte de ir jinetes sobre sus mulas. Pero tenían cuidado de no ir en solitario porque en aquellos años el monte atufaba a lobo y su presencia en la zona producía un castañeteo de dientes capaz de erizar los cabellos del más bizarro. Este feroz depredador causó el terror en toda la comarca entre gentes y ganado, y todavía se recuerdan los espantosos desaguisados provocados a mediados de siglo en algunos lugares de la sierra. Cuando se conocía la existencia de lobos se llamaba al lobero que era un experto en su captura y en localizar las madrigueras con sus crías, aunque cuando las cogía siempre dejaba alguna para que al año siguiente se volviera a tener necesitad de sus servicios. Cuando el lobero mataba algún animal le quitaba la piel y la llenaba de paja y, así, después de cosida, la paseaba luego por todos los cortijos y aldeas para recibir a cambio algunos regalos. La única forma de defenderse de los lobos era haciendo fuego o portando hachas o teas, aunque algunos decían que si se quitaban la faja, y la dejaban arrastrar, el lobo no les atacaría porque el animal tenía miedo al "arrastrao".
Por estos lares anduvieron maquis y desertores que se escondían de la Guardia Civil en los cortijos o en algunas cuevas. Yo mismo fui testigo de las huellas que dejaron estos maquis y desertados en la cueva de la Randija, una pequeña gruta situada frente al cortijo de El Ojuelo de Riópar. Dentro de ella pude ver algunas cajas de munición vacías y algunas latas de conserva de finales de los años treinta, utilizadas por estos fugitivos. Sonado fue el enfrentamiento de los maquis con las fuerzas de la Benemérita, en marzo de 1947, en el cortijo de Los Marines, donde murieron varias personas. Durante la última confrontación civil la Esperanzaca tenía ocultos a varios desertores republicanos en el cortijo del Arroyo del Tejo, alguno de ellos parece ser que era sobrino suyo. Esta Esperanzaca, de la que decían era una perfecta sanadora de las verrugas, fue acusada falsamente de haber sido la delatora del legendario bandido Pernales, cuando fue abatido por la Guardia Civil junto a su inseparable compañero de bandolerías el Niño de Arahal.
En Las Morricas, lugar donde murió el famoso bandolero Pernales, en la misma senda que va hacia el cortijo de El Mesegar, las gentes que han pasado por allí a lo largo de casi un siglo han ido dejando un buen puñado de piedras en recuerdo suyo. Lo mismo han hecho en la Cruz de Eugenio, collado que queda entre el Picayo y el Cerro de la Sepultura, en el camino que desde La Casica se dirige hacia Miraflores. Allí existe también una pequeña pila de piedras que señala el lugar donde un muchacho fue muerto a tiros de carabina por un guarda.
En Miraflores aún es posible ver a Antonio Sánchez, más conocido como El Cojo, que tiene allí una pequeña casa, apañada para pasar los veranos. Este hombre, que vivía allí de joven, tenía como profesión la de pinero y en cierta ocasión, pelando la corteza de un pino, se dio un tremendo golpe en la rodilla que le dejó lisiado de por vida. No le quedó más remedio que abandonar su duro oficio de talar y pelar pinos y marchar a la localidad valenciana de Chirivella a trabajar en la construcción. Todos los veranos se le puede ver con nostalgia entrañable por los alrededores de su cortijo, solitario, como un pájaro que hace tiempo perdió el rumbo. Cerca de Miraflores existen otros cortijos como la Acebeda, el Puntal y los cortijos de José y Antoñín que aparecen hoy completamente arruinados.
El gran éxodo rural de la década de los 60 hizo que estos caseríos y aldeas quedaran abandonados y sus casas fueron quedando vacías. Aldeas como El Ojuelo de Salobre, que a finales del siglo XIX contaba con 59 habitantes, y seguro que aumentó mucho más, pues llegó a tener su propia escuela, quedaron totalmente deshabitadas. Igual ocurrió con Riópar que ya había comenzado a vaciarse a finales del siglo XVIII cuando la gente bajó a vivir a las recién creadas fábricas de San Juan de Alcaraz. Estas fábricas, las primeras de latón de toda España, se levantaron gracias al ingeniero austriaco Juan Jorge Graubner y a la aparición de una mina de calamina en las faldas del Calar del Mundo. Junto a las fábricas se construyeron viviendas, una escuela y una iglesia por lo que la gente no tuvo necesidad de subir diariamente a la vieja roca. El primitivo pueblo quedó como un fantasma del pasado, sólo con sus sórdidas y solitarias callejas, su bonita iglesia del Espíritu Santo y su desmoronado castillo medieval, aunque sus casas se están erigiendo de nuevo, piedra a piedra, para ser utilizadas para el disfrute vacacional.
Sin embargo todavía hay gente que se resiste a abandonar esta forma de vida, como Placeres y su hijo José en el cortijo de El Ojuelo de Riópar. Allí viven sin electricidad, alumbrándose todavía con las luces del candil y los carburos, cuidando sus pitarrillos de cabras y ovejas segureñas que sacan a pastar en cuanto el día muestra su primera sonrisa. Este José, recuerdo, cuando era chicuelo huía siempre como una comadreja nada más vernos llegar, dando rabotazos, y se metía rápidamente en su cortijo o se perdía entre la espesura de los pinos. Pero eso sí, siempre corría con la cabeza agachada, amusgando las orejas con la mano, con claros síntomas de llevar vuelto el juicio. Era curioso ver como corría en esta rara actitud zorruna, aunque fue más fácil de entender, años más tarde, cuando supimos que había sido dado inútil para el servicio militar por no reunir el suficiente coeficiente mental. Después del paso de los años parece que se ha hecho más sociable y racional, e incluso es posible mantener con él una charla de cualquier tipo, comprendiendo, eso sí, su desinformación por estar en un sitio tan aislado. Aunque a veces no llega a conocer donde está el límite de una conversación y resulta más pesado que la mosca de la siesta. Otras veces, sin embargo, se pone a dar tales razones que ni el mismo Aristóteles las entendiera si se levantase de la tumba a propósito para ello.
Félix García, en El Chaparral de Tus, disfruta todos los días sacando al vallejo a pastar a sus dos burras blancas, tan blancas y peludas que ni el mismo Platero las igualaría. Junto a sus borricas, con su botella de vino de parrizo en la mano y su almuerzo bajo el brazo, recuerda sus antiguos oficios de pastor y de pinero. Allí, junto al bellísimo río Tus, me cuenta que todos los años cruzaba la ancha plataforma del Calar del Mundo por sinuosas sendas, con el hatillo a la espalda y llevado en alas de la diosa Fortuna, a trabajar en la siega de los campos de La Mancha. Cuando la noche le alcanzaba a mitad de camino dormía al relente, en los duros peñascos del suelo, teniendo como techo y como manta el anchuroso y estrellado cielo de la sierra. Félix ama profundamente su tierra, su Hueco de Tus, y no entiende como otros que han vivido aquí siempre pueden abandonar algo tan preciado y tan querido.
Todavía hay pastores que suben a diario a los altos voladeros y rasos de la sierra, como así hace Cándido en Riópar, que trepa con sus hatos de ovejas por las intricadas lomas del Calar del Mundo, buscando los pastos más finos entre las torcas y vallejos. Ciriaco en Nerpio enfila madrugador el camino de Los Chorretites, al igual que hace Joaquín Alonso en el Collado de Juan Calabria de Salobre, donde pasa las horas restallando la honda y lanzando riscazos, para evitar que las cabras se suban a los cantiles y cenajos. Inocencio remontaba todos los días el camino de Villaverde a La Casica, donde guardaba el ganado con su hermano Narciso, y de allí subía a Los Picarazos y a las elevadas haldas del Padrón. Pero la muerte de Narciso le obligó a vender los animales y a ponerse de pastor con un propietario de Bienservida.
Porfirio en La Graya, el Artesanista, como a él le gusta que le llamen, todavía sigue utilizando el esparto para fabricar multitud de objetos. Este hombre recuerda muy bien aún cuando ocurrieron los trágicos sucesos de Yeste de mayo del 36, aunque él, que era sólo un muchachuelo, cogió las de Villadiego al escuchar los primeros disparos de la Guardia Civil. En los confines del lejano valle de Huebras, en el ancho término de Yeste o en Ayna hay gente que sigue abriendo la besana, en las tierras de sembradura, con el viejo y corvo arado romano tirado por la yunta de mulas, o incluso por “vacos”, como así hacen Sergio en Los Picones de Vizcable o el tío Patricio en el Collado de la Tercia de Nerpio. Gente que continúa aferrada al pasado, a los modos de vida antiguos, y sigue dándole quiebros y requiebros a la llegada de la modernidad.
Otros ya se fueron hace tiempo, aunque eso sí, no se marcharon por voluntad propia, como Florentino, un curioso personaje de Nerpio que iba a todos sitios acompañado de sus cabras. Un mal día, después de cancelar sus cuentas con la vida, la muerte llamó a su puerta y se lo llevó, aunque todavía queda su recuerdo, algo que aún tardará mucho en desaparecer. Lino, el de Parolis, también nos dejó hace unos años tras una larga enfermedad. Cuando fui a su casa un día, a visitar su museo arqueológico, su mujer me recibió completamente enlutada, lanzando ayes y suspiros, y me dijo que su esposo ya no estaba entre los mortales. Lino era un excelente conocedor de todos los yacimientos arqueológicos de la comarca, que guardaba en la memoria como un archivo viviente, recordando piedra por piedra y punto por punto. Su alma campesina estará todavía buscando yacimientos en las ondulaciones de la sierra, remontando los altos cerros que conducen a la eternidad.
Se cuentan todavía historias en la sierra sobre tesoros escondidos en los antiguos días de los moros, y de seres mágicos como encantadas y duendes. Incluso existen aldeas con verdadera tradición brujeril como El Laminador, el Llano de la Torre o algunos caseríos de Nerpio. Algunos hablan de la procesión de las ánimas en pena, y que incluso podían llevarse a las personas que se topaban con ellas. Otros piensan aún que el mal de ojo es la mayor desgracia que le puede ocurrir a una persona, a un animal o a una planta y siguen utilizando para protegerse de él una pequeña bolsita colgada en el cuello con unos pelos de tejón, unas piedrecillas y unas ramas de romero en su interior. Todas estas historias, tan bien aderezadas, y estas gentes que las cuentan, guardan aún consigo el auténtico sabor y el espíritu de la sierra.
Cuando estas gentes desaparezcan, estas historias, estas formas de vida pretéritas, estas creencias y estas supersticiones morirán, aventadas por el paso del tiempo. ¿Quién sabrá de aquí a unos años que en el arroyo de la Puerta había un cortijo que fue arrastrado junto a su propietario en una espectacular tromba de agua? ¿Quién se acordará de que el día de San Juan salía una encantada junto a la fuente de Riópar Viejo? ¿Quién recordará nombres como El Contadero, la Majada de las Puercas, la Cueva del Agua el Viejo, la Huelga Moreno, el Huerto de Simón, o la Venta de las Crucetas? Toda esta toponimia, que se conserva de tiempo inmemorial, será puesta en olvido, y muchos otros nombres de peñas, sendas, caminos, majadas o cintos. Así ha ocurrido ya, y así desgraciadamente seguirá ocurriendo.
Pero todavía nuestras sierras de Alcaraz y Segura siguen estando vivas y todavía huelen a vida, a ganado, a tabaco verde y a pinos; a lo mismo que olían hace 100 años. Aún guardan tradiciones y costumbres que vienen de la noche de los tiempos y nos siguen mostrando su rostro hermoso y sonriente en forma de paisaje, un paisaje que las hace especialmente atractivas, con sus altos escarpados y cresterías que contrastan con los profundos y encajados valles. Un paisaje que alterna espacios deforestados, con curiosos y asombrosos calares como el del Mundo, donde existen increíbles mares de piedra, y otros totalmente diferentes, con grandes altiplanicies y umbrías y solanas cubiertas de arbolado. Aparte de suponer un regalo para los sentidos, estos paisajes nos permiten a la vez la práctica de diversas actividades de montaña como el barranquismo, deporte cuyo mayor santuario lo encontramos en el arroyo de los Marines, un pequeño arroyuelo que corre estrecho, totalmente embarrancado, con saltos, toboganes y paredes que se pueden tocar a la vez con sólo abrir las manos. También se pueden practicar otros deportes como el senderismo, la bicicleta de montaña, la escalada, el piragüismo y la espeleología, este último en cuevas como las del Farallón, los Chorros, el Estrecho o la Pedorrilla. En fin todo un amplio espacio para disfrutar de la naturaleza, de la gastronomía, de los encierros veraniegos, de la gente y de sus tradiciones culturales; un espacio que constituye en definitiva uno de los entornos más interesantes y fascinantes de toda Castilla-La Mancha.
Fotos y texto: ANTONIO MATEA MARTINEZ
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