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:: AYNA :: Encierros

La belleza de los encierros en Ayna parte con una ventaja, como es la orografía del terreno. El valle de Ayna y sus calles, en continuo descenso hasta la plaza, salvo en algún pequeño tramo, permiten vistas muy hermosas de esta tradición.

Comienza el encierro muy pronto, después de disfrutar de la tradicional diana y habiendo almorzado en las cercanías del corral de la Salobre, situados a pocos kilómetros del pueblo, sobre las nueve y media de la mañana, las reses que se van a correr ese día salen por el campo, acompañadas de cabestros y mayorales, además de un nutrido grupo de valientes que siguen a pie a los astados. Cuando el grupo llega al Mirador, una sirena avisa a propios y extraños de que la carrera está a punto de comenzar. Éste es uno de los momentos más bonitos, puesto que se pueden ver a los astados ir bajando, poco a poco, algunas veces, o rápidamente, las más, hasta el inicio de la carrera, situado, extraoficialmente, en la Rodea Grande.

Las curvas del Matadero, Michelín o el Cruce, son, también, momentos muy emotivos y de peligro del encierro, que son seguidos con pasión por espectadores y corredores. Una vez en el casco urbano, la carrera sigue teniendo su belleza, aunque sólo sea para los que están situados, estratégicamente, en alguno de los tramos de la misma. Llegados a la plaza, corredores y espectadores se congratulan de que la Virgen de lo Alto haya guardado a todos de cualquier percance.

A mediodía, y después de una buena comida, acompañada de buen vino, la banda llama a todos a ver el festejo taurino, que se celebra en la Plaza Mayor, preparada con talanqueras y barreras, para que todo el mundo pueda ver el espectáculo sin correr ningún riesgo. Todavía se recuerda que, no hace mucho, toreros vestidos con traje de luces eran los que lidiaban las reses corridas esa misma mañana, aunque, en la actualidad, ese trabajo lo realizan jóvenes novilleros contratados por el Ayuntamiento.

Y, después del festejo taurino, cena y al baile en la pista de La Toba. Grupos, orquestas, dúos y un largo etcétera de artistas animan al pueblo durante estos días a seguir el ritmo de sus canciones, todo ello con la mezcla de colores y de disfraces que conforman todas y cada una de las peñas. Y así hasta que, alguien, quizás desconsolado, canta un ‘Pobre de mí’ tan particular, que a nadie se le escapa que tiene que volver el año que viene para decir que se lo ha perdido.




















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