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PREGÓN DE EMMA DÍAZ NAVALÓN,
PARA LAS FIESTAS DE SANTA QUITERIA 2017.


EMMA DIAZ NAVALON
21 DE MAYO DE 2017


          Buenas tardes
          Gracias Oscar por esas bonitas palabras de presentación.
          Para mí es un gran orgullo estar en este balcón del Ayuntamiento de Higueruela como pregonera de las Fiestas.
        Muchas gracias a la Comisión de Fiestas por pensar en mí. Cuando me lo propusieron, en primer lugar me sentí sorprendida y un poco desconcertada, pero muy muy halagada. Inmediatamente después pensé: “¡Madre mía, que mayor soy!”.
          Gracias también a la Corporación Municipal. Y a las Majas y Majos 2017, que representan a la juventud y el futuro de este pueblo. Y permitidme una pequeña licencia: un beso a una Maja muy especial para mí: mi preciosa hija Samira.
          Pero sobre todo, muchas gracias a todos vosotros por acompañarme en este momento tan importante.
         ¡Ahí vamos!

          Mi hijo Pepe, que es un mago de las palabras, se sacó de la chistera una que me gusta mucho. El dice que si a los de ciudad se les llama ciudadanos, los de pueblo somos “pueblanos”. Así que, a vosotros me dirijo, pueblanos y pueblanas de Higueruela.
          Yo no nací aquí, pero soy una orgullosa pueblana de esta localidad. Por ambos lados mi familia es oriunda de estos lugares. Soy una mezcla entre choceros, viñas, morrotes y catalanes. La nota exótica de mis orígenes está en los catalanes, ya que el mote proviene de un antepasado, pastor de Lérida que vino con la trashumancia y por lo visto se le escapó alguna oveja por aquí, y buscando buscando, encontró su lugar en el mundo. El mote fue pasando de generación en generación hasta mi abuela Catalina “la catalana”, aquella madre de 9 hijos, “madre coraje” de la posguerra, como tantas otras.
        También tengo que contar que mi abuelo paterno, José “morrotes”, fue alcalde de Higueruela. Y lo fue en la época más difícil de la historia reciente de España: entre 1936 y 1939, en plena guerra civil y en el bando perdedor.
         Mis abuelos maternos Pedro “el chocero” y la Luz de “viñas”, cargaron con su carpintería y sus vidas y se marcharon a Valencia a buscar un mejor futuro para sus hijos. Fueron los años del éxodo rural y la emigración, cuando los pueblos, también Higueruela, se quedaron casi sin jóvenes.
        También de la familia de mi padre emigraron todos los hermanos, salvo mi tía Rosa, la mujer del guardalíneas. Ella fue siempre el nexo de unión entre el pueblo y los que tuvieron que irse.
Mis primeros recuerdos de Higueruela son de calles polvorientas y olor a pinos.
        Llegábamos en el tren a la estación de Bonete, donde nos esperaba un jovencísimo Ismael con su taxi. Yo me asomaba impaciente por la ventanilla, rumbo a la felicidad de aquellos veranos interminables de la niñez.
       Los recuerdos en aquella placeta, a mitad de camino entre el Calvario y la Solana. Donde tenían la tienda Lorenzo y la María de Vico, tienda que luego fue de Juan “el de la tienda”. Aquel ventanal de mi abuela Luz era el mirador perfecto para ver pasar la vida en aquel barrio. Parece que la estoy oyendo, siempre tan alegre:
      “Mira, ya baja Abel, siempre tan templao, con la Segunda del brazo”
      “¡Ay, la Ana María!, mírala, regruñéndole a “choni”. Pero qué quesicos más buenos hace…”.
      “¡Ahí va la María del Palomo!, ya va buscando a su Pedro, ¿dónde se habrá metido el criaturo?”
      Ver el ir y venir incesante de Navarro, con su mono azul y su boina, arreglando grifos y tuberías.
      Laureano y la Visita, y aquella amistad inquebrantable con mis abuelos. Y mi tía Isabel de viñas, siempre tan vivaz y tan entrañable.
         La Vicenta y Aurelio sacaban su tele al alféizar de la ventana y los vecinos colocábamos las sillas en la calle para verla. Todos en sillas menos mi abuelo Pedro y Clemades que se tumbaban en aquellas hamacas de madera, compitiendo con sus barrigotas mirando al cielo.
       Nosotros siempre jugábamos por aquellas calles, tengo muy pocos recuerdos de bajar al jardín, solamente en ocasiones especiales, en las que nos compraban alguna “chuchería” en el quiosco de Sisena.
         Después se nos amplió el horizonte, y llegábamos hasta el corralazo por un lado y la fuente del rincón por el otro.
        Son recuerdos de bicicletas, meriendas en los pinos y noches al fresco.
        Y en un día como hoy no puedo dejar de nombrar a una de las personas que más me impactaba en mi niñez. Era “el cojo de la Leonor”, el pregonero. En cuanto suena esa palabra recuerdo a Paco  en su bicicleta, con su pata de palo, su gorra y su turuta, contando lo que vendían en el almacén de Sorell. Me quedaba absorta mirándole, y él decía “mira la cría, está clisá en mí”. Y me dejaba tocar la turuta.

        No recuerdo venir a las fiestas en mi niñez. En aquellos tiempos las distancias eran insalvables. Mis primeras fiestas fueron ya en la adolescencia. Entonces, mi hermano José Luis y yo empezamos a venir más al pueblo (todo lo que podíamos y nos dejaban), porque formamos nuestra pandilla de amigos, que todavía hoy sigue resistiendo el paso de los años. Gracias a esa camaradería siempre hemos estado muy ligados a Higueruela, y hoy en día los ratos con los amigos siguen siendo de los que hacen la vida mucho más agradable. A mis amigos los quiero mucho a todos, pero quiero nombrar especialmente a aquellos que se quedaron a mitad de camino: José Luis Ibáñez “el barman”, Benito Mancebo y Antonio José Belmar. Siempre estarán en nuestros corazones, y en nuestras cenas, excursiones, y todo lo que hagamos juntos.         Como diría Belmar: “Larga vida al rock & roll”
        Sin alejarnos del corralazo, sustituimos los juegos infantiles por los guateques en la cuadra de los abuelos de Jacinto de “bocagrande”. También en casa de Juanico “el rano” y la Pura. Aquellas primeras trasnochadas, entrando de puntillas en la casa. Y nada más acostarte, ¡el gallo de la Mª Juana de “botija”! ¡Cuántas maldiciones se llevaría aquel gallo!
         Después llegaron los tiempos de estudios y las fiestas nos pillaban en época de exámenes, pero a veces nos escapábamos, y los recuerdos son inolvidables.
          Ahora las vivo desde dentro. Estas Fiestas primaverales a la “Santa” tienen un embrujo especial que inunda a todos: a grandes y a pequeños; a creyentes y a los que no lo son tanto. Llega Mayo y el ambiente ya huele a fiestas, y con la traca final se queda un vacío en el ambiente que no se vuelve a llenar hasta el Mayo siguiente.
         Como mi vida ha estado marcada por el voluntariado, mis palabras de hoy también lo van a estar. Empecé muy jovencica, al salir del instituto iba con unas amigas al Cotolengo en Valencia a ayudar a niños con parálisis cerebral. Nuestra simple compañía era una gran alegría para aquellos niños. Y esa sensación engancha.
          Después de acabar la carrera, y ya trabajando como enfermera en Madrid, tomé contacto con una ONG que estaba abriéndose camino en España: “Médicos del Mundo”. Aquello fue un punto de inflexión en mi vida. Comencé a colaborar como voluntaria en un proyecto de prevención de SIDA basado en el intercambio de jeringuillas y preservativos con personas adictas a la heroína. Aquello me abrió los ojos a ese 4º mundo que convive en nuestras ciudades, en las calles de al lado.
         Y a partir de ahí, mi carácter aventurero me llevó a hacer mi propia trashumancia y a recorrer una pequeña parte del mundo trabajando con proyectos de ayuda humanitaria. En cada uno de los lugares donde estuve siempre tuve la sensación de recibir mucho más de lo que daba. Aprendí a darle valor a lo verdaderamente importante.
          De Mauritania me traje un puñadito de arena del desierto del Sáhara, el gusto por el té verde y el respeto hacia una cultura especial y muy diferente como es la musulmana. Y el olor del hambre…
         De Ruanda traje el regustillo amargo que da la impotencia ante una crisis humanitaria sin precedentes. Y la certeza sobre la hipocresía de los países llamados ricos a la hora de tomar decisiones geopolíticas.
          De Guatemala me traje el corazón enamorado por el país de la eterna primavera. Estuve 2 años, y a punto estuve de quedarme. Pero no era mi lugar en el mundo…
          En Nicaragua entendí que la mejor arma que tienen los pobres es la educación.
          Y en El Salvador que juntos somos mejores y más fuertes. Y se escucha más clara nuestra voz.
         En Colombia descubrí que la muerte acecha detrás de cada esquina, y que el ser humano más roto por el dolor es capaz de bailar un vallenato para dar alegría a los demás.
          En París, sin embargo sentí que el frío no es solamente un elemento climatológico, y que la burocracia europea no entiende de necesidades humanas.
          En una película del argentino Adolfo Aristarain  dicen que “todas las personas tenemos nuestro lugar en el mundo, y descubrimos cual es, porque ya no nos queremos ir”. Pues yo, como aquel pastor de Lérida, después de dar vueltas, encontré mi lugar en el mundo. Mis padres, que casi habían perdido la esperanza de que su hija sentara la cabeza e hiciera una vida “normal”, pensaban que si alguna vez tenían un yerno, éste podía ser de cualquier nacionalidad, raza o religión. Así que imaginaros la sorpresa cuando les dije que me casaba con “el boni”. Un beso desde aquí para mi marido. 




          En mi boda, una amiga guatemalteca me cantó esa preciosa canción de Mercedes Sosa que dice “Cambia, todo cambia”.
         Y mi vida cambió, y mucho. Aterricé en Higueruela. He de reconocer que al principio me costó un poco adaptarme. Pasé de ser nómada, de tener la maleta siempre preparada, a quedarme en un pueblo pequeño y con un trabajo totalmente diferente.
         Pero no cambiaron mis ganas de hacer cosillas. Entre idas y venidas al hospital de Albacete donde trabajaba, volví a colaborar como voluntaria en un proyecto de “Médicos del Mundo” que llegó de la mano de mi amiga y compañera de experiencias Telia Cano. El proyecto se realizó en los colegios de Higueruela y de Hoya Gonzalo, y se llamaba “kushiriki por la salud”, con la inmigración y la marginación social como temas de fondo.
          Después me llegó la edad y formé parte de la Comisión de Fiestas, con un grupo maravilloso de personas a las que mando un abrazo muy fuerte.
          Y aquí quiero poner el acento e insistir en la experiencia de las comisiones de fiestas, que es sólo un detalle del carácter benévolo y altruista de las gentes de este pueblo. Es una experiencia de voluntariado que vivimos no sólo los habitantes de Higueruela sino también gente que vive lejos y están vinculados a este pueblo, ya sea por nacimiento o por amistad, dejando horas de su tiempo y un montón de esfuerzo por el bien común.
          Desde aquí quisiera pedir el reconocimiento al trabajo de la Comisión 2017 en representación de las comisiones anteriores y de las que vendrán. Está claro que sin ellas, las fiestas no podrían ser lo que son.
Después, como a casi todos los padres y madres de alumnos del colegio me tocó pertenecer a la Junta Directiva de la AMPA “Santa Quiteria”. Yo tenía en la cabeza la idea de poner en marcha un Banco de libros de texto para que nos beneficiásemos todas las familias con hijos en edad escolar, y lo llevamos a cabo desde el AMPA. Este proyecto fue posible gracias a la financiación del Ayuntamiento para la compra de libros de texto.
          Llegado a este punto quiero insistir en la importancia del apoyo institucional a las distintas asociaciones, que son el tejido que mueve a la sociedad. En un mundo descuartizado por las diferencias, hay grupos de personas que se unen con un objetivo común. ¡Chapeau!
          El lema es: “Si vas solo llegas más rápido, pero juntos llegamos más lejos”.
         Además, en época de “vacas flacas”, las asociaciones, los voluntarios, son los que llenan los vacíos que deja el Estado.
          A todas las que trabajan por Higueruela: ¡Adelante!
          Y para licenciarme como pueblana de Higueruela, en 2007 comencé a trabajar como enfermera en la Residencia de Mayores. Este edificio que tengo a mi izquierda es mucho más que un edificio moderno. Para 56 personas supone su nuevo hogar, para  el pueblo, un recurso social inmejorable, para la comarca, una fuente de trabajo y para mí, mi segunda casa, sobre todo desde septiembre de 2015 que pasé a ser la Directora del centro.
          Trabajar en servicios de tipo social significa mucho más que un trabajo y la implicación personal es mucho más alta. Por eso quiero agradecer a todo el equipo humano de la residencia su implicación y su esfuerzo para que los últimos años de nuestros mayores sean como se merecen. Y se lo merecen todo, porque gracias a ellos somos lo que somos. Mi agradecimiento a todo el personal, y como somos mayoría las chicas, me permito generalizar en femenino: ¡Chicas, que valéis mucho!.
          Y para nuestros ancianos, un abrazo muy fuerte. Ellos son la razón de nuestro día a día, el objeto y el objetivo de nuestro trabajo. Pretendemos que la última etapa de su vida sea vivida desde la dignidad y el bienestar. Con ellos y de ellos aprendemos de la vida. Ellos viven las fiestas de una manera muy especial.
Ahora no me queda tiempo para el voluntariado porque tengo un trabajo que me exige mucho y unos hijos pequeños, y una casa, y bueno, todo lo que las mujeres de hoy en día llevamos cara “alante”. Nosotras sabemos lo que cuesta compaginar nuestras obligaciones laborales con nuestra familia. La famosa conciliación familiar. Y al final, ¿quién lo paga?... pues otros voluntarios: las abuelas y los abuelos, que en vez de jubilarse empiezan a trabajar de niñeros. Y por la parte que me toca, sólo decir: Gracias, mamá, un gracias muy grande, por todo ¡¡Qué sería de mí sin ti!!.
          Y siguiendo con el tema del voluntariado, a mí me gustaría despertar vocaciones y que comprendáis que se pueden hacer muchas cosas. Gloria Fuertes decía que “el voluntario trabaja gratis, no gana nada, pero gana muchísimo. Gana el placer de ser útil, la sonrisa de un anciano o de un enfermo, el abrazo de un niño sin padres, la amistad de una persona con discapacidad y el afecto de un preso. Hacerse voluntario es también salvarse del aburrimiento, de la rutina, del materialismo”.    
         Por mi parte deciros que en la residencia seríais recibidos con los brazos abiertos, a veces sin hacer nada, simplemente dando conversación y cariño a nuestros ancianos. Muchas gracias a Cati de Munera, Juan “el albañil”, Mari de Matías y Emilia “del Corrionero” que todos los jueves hacen el bingo. Y a Mauricio, el de Graciano, que nos ayuda todas las mañanas con las sillas de ruedas. Y lo más importante, dando amistad y compañía a nuestros mayores. También gracias a la banda de música, a Lourdes de la ludoteca, a Gloria la bibliotecaria, a don Antonio el párroco, a la charanga, y a todos los que se asoman de vez en cuando a dar un poquito de su tiempo a nuestros mayores.
          Y los demás, ¡animaros!, las puertas están abiertas.
          Me dejo para el final lo más difícil.
          Desde aquí quiero tener un recuerdo muy especial para mi suegra, Encarna, que nos dejó hace unos meses y ha sido para todos un ejemplo de lucha y ganas de vivir.
         Igual que mi prima Mamen, ¡cuánta belleza!, ¡cuánta vida!.
          Y a mi padre, Pepe el catalán. El también estuvo en este balcón del ayuntamiento echando el pregón de las fiestas en el año 1989. Allá donde esté, seguro que hoy está muy contento.
          Él ha sido, es y será siempre, el espejo donde quiero mirarme.
          Porque además del amor inconmensurable que siento como hija, hacia mi padre siento una profunda admiración, por cómo fue la trayectoria de su vida y por el gran hombre que fue.
          Muchas gracias por escucharme

PUEBLANOS Y PUEBLANAS DE HIGUERUELA, VISITANTES y AMIGOS
¡¡FELICES FIESTAS!!
¡¡VIVA SANTA QUITERIA!!
¡¡VIVA HIGUERUELA!!

 


Enlace al Video del pregón, grabado y editado por Migel Fernández Lizán.

 



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