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LA PUTA MILI.

    Desde la lejanía que da los setenta años que han pasado, recogemos este relato de Blas Cano Aparicio, escrito hace ya algunos años y que ahora recuperamos del olvido.

(PRIMERA ETAPA.)

    Por el mes de julio de 1937 en la zona republicana, movilizaron la quinta de este año, a la que yo pertenecía y fui destinado al CRIM  (Centro de reclutamiento e instrucción militar) de Alboraya, a este centro fui reclamado (un pequeño enchufe) por el Grupo de Protección de vuelo, con sede en Albacete y destinado a la Compañía Radio móvil, unidad cuyo cometido consistía en seguir los movimientos de la aviación enemiga, para lo cual estaba dotada de unos camiones que montaban sendas emisoras de radioy que se distribuían en los frentes de guerra y lugares estratégicos de la España de esta zona. Su misión principal era contactar el paso de aviones enemigos y al propio tiempo dar una especie de parte.

    En la compañía fui destinado a la meteorológico del sector en que estaban ubicados. Como es natural estos mensajes se emitían en claves. Oficina del Teniente Pagador, a la sazón Juan Aparicio que era natural de Enguera, y por cierto y que en aquellas fechas venía haciendo trueques de mantas de cama, por cualquier  mercancía comestible. Estaba viudo y se casó en segundas nupcias con Delfiria, vecina de Higueruela y que después uno de sus hijos es popularísimo en la ciudad.

    Mi misión era simple oficinista. Estaba de conductor Paco “El cacharrero” vecino de San Pedro, que después fue padre Agustín sobrino de D. Juan Cortes por entonces, párroco de esta iglesia con el que estuvo residiendo gran parte de su infancia y que de cuando en cuando nos visita.

    Los efectivos de la unidad como antes se dice estaban repartidos en la primera línea de los frentes, mensualmente había que visitarles para visitar todos los destacamentos para pagarles y darles las raciones que les correspondían de tabaco, jabón, ropa, etc. Como así mismo se repartían repuestos para las emisoras y las claves que se tenían que renovar.

    Paco me contaba las peripecias de los viajes que mas que los riesgos de las primeras líneas eran las estancias en Barcelona, algún que otro susto si nos llevamos en nuestras visitas pero afortunadamente no paso ninguna cosa grave, pero ya digo, lo extraordinario era Barcelona.

    Llego la hora del primer viaje Paco se trajo unç cordero de San Pedro, y de aquí llevamos unos panes, alguna patata y una garrafa de vino. El vehículo que  usábamos que en ocasiones nos servía para pernoctar y para lo cual contábamos con los elementos precisos.

      Con toda esta impedimenta arrancamos directamente a la ciudad Condal, nos alojamos en una casa no se si en propiedad o alquiler del Teniente Aparicio,que antes de la guerra estaba prestando sus servicios en esa ciudad. Y con motivo del peligro de los bombardeos había traído a su familia a Enguera.

      En aquel entonces, la casa  estaba ocupada por una prima de su mujer natural de Navarra, que había venido a pasar unos días con ellos y al estallar la conflagración no pudo regresar.

    Habitualmente se pernoctaba en la ciudad  y desde allí, durante el día  realizaban los servicios.Mediada la tarde llegamos a Barcelona. Y nos instalamos  en la casa que antes menciono Paco mató el cordero, y fueron llegando las amistadesque tenían en la casa. Que debido a las circunstancias todas eran del género femenino, se preparó la cena, que consistió en patatas fritas y menudencias del cordero. Con el correspondiente pan y bien regadas de vino. Actualmente aquella comida en aquellas circunstancias era un banquete, nos juntamos 8 o diez comensales y después de bien yantados y alegres nos fuimos al cine, lo hicimos en el camión en la cabina subieron Paco, el Teniente y una amiga de este y el resto en la caja. En la oscuridad y en uno de los vaivenes del camión me choque con una de los ocupantes de la que no me separé en todo el trayecto, como es natural desconocía la identidad de la pareja.

    Saque las entradas y nos fuimos acomodando, el teniente y Paco se sentaron con sus amigas, yo vi que una de las chicas cedía el paso a las demás y al final nos sentamos juntos. La identificación se había producido.. Allí permanecimos siete días, salíamos por la mañana a visitar las emisoras, retornábamos y cenábamos con nuestras tres amigas con las que pasábamos muy agradables ratos. Por aquel entonces, yo tenía veintidós años,en resumen fue una “turne chapó”

    Regresamos a Albacete y a los pocos días fui detenido por SIM (Servicio de inteligencia Militar), y conducido a la finca Los Llanos, situada junta al aeródromo del mismo nombre y que por entonces estaba encautada por  las fuerzas Aéreas, donde me alojaron en una  celda de 2x1,5 metros, que antes debió haber servido de gorrinera.

    Allí aprendí a caminar en espacios pequeños, en principio giraba siempre en el mismo sentido, y como consecuencia me mareaba, después, lo fui haciendo una vez a la derecha y otra a la izquierda, que era lo correcto.

    Esta detención no me sorprendió pues hacía tiempo que la esperaba, toda vez que desde el pueblo, se habían puesto varias denuncias en contra mía, por desafección al régimen, las que se iban sucediendo ya que los denunciantes estaban consternados porque las mismas no tenían el efecto por ellos deseado. Comprendo la posición de los denunciantes de verme a mí en Albacete, cuando algunos de sus feudos se encontraban en los frentes de batalla.

    Por otra parte en el Ejercito republicano, había una figura nueva,  El comisario de Guerra, tomada del ejército soviético que trataba de descubrir las implicaciones políticas de los componentes de la unidad, en este caso, dada mi amistad con el Jefe de la Unidad Manuel Martínez Abad, el Comisario nos vigiló estrechamente y nada irregular encontró en nuestras relaciones, a pesar de lo cual las reiteradas denuncias de que era objeto para dar satisfacción a los demandantes, decidió ponerme en manos del SIM, para que me detuvieran, acción que como después se verá tengo que agradecer mucho al comisario.

    La explicación estaba bien claras, había sido ”conejillo de indias” para ver mis relaciones y contactos y de ellos poder implicar a alguna persona, cosa que afortunadamente para ellos no sucedió.

    Comenzaron los interrogatorios que se prudencian por la noche y en el monte, me acusaban de tener una red por la que pasábamos al enemigo las claves usadas por las emisoras y aseguraban que algunos mandos de la unidad contribuían a ello, yo en honor a la verdad les decía que todo ello no era cierto, pero los interrogatorios seguían y cada vez las presiones y los tratos eran mas agresivos, la quinta noche me vi muy mal y cedí y firmé una declaración que admitía que había pasado alguna clave, pero yo solo, sin la colaboración de ninguno de mis jefes, pero las intimidaciones y malos tratos fueron superiores a mis fuerzas.

     Reconozco que mi comportamiento no fue muy heroico. Unos días después, sobre las tres de la madrugada me sacaron de la gorrinera y junto a otros tres nos subieron a un furgón, sin esposarnos, cosa que me sorprendió, íbamos custodiados por otros cuatro agentes, los que se negaron a comunicarnos nuestro destino. Iba sentado al lado de un pequeño ventanuco y pronto me di cuenta, por los distintos puestos que pasábamos, que íbamos hacia levante. Al pasar frente al pueblo vi las tenues luces que le alumbraban, escena que quedó grabada en mi retina de tal forma que hoy sesenta años después me parece estar viendo.

     Que diferencia entre mi anterior paso por estas carreteras camino de Barcelona y la incierta que ahora me ocurría. Al amanecer arribamos a Valencia, a la calle Sorní, numero 7 donde el SIM tenía su sede, al apearnos uno de los conducidos se dio a la fuga, y los agentes salieron en su persecución, al resto nos encerraron en una habitación de la planta baja, que ya estaba ocupada por otras personas. Poco después entraron a Ángel, era el fugado, echo unos “zorros” con algunas heridas y hematomas por todo lo que se veía de su cuerpo.

    Entre los ocupantes existía una situación tensa al mismo tiempo, que nos sentíamos unidos ante el peligro como también una desconfianza mutua como instinto querer sobrevivir.

    Los interrogatorios se hacían en los pisos superiores, las puertas estaban con algunos agujeros, por los que tratamos de ver lo que ocurría por los pasillos, cosas poco agradables, por los interrogados llegaban en un estado de lamentable. Por la tarde me llevaron a uno de los ocupantes a interrogar y a las tres o cuatro horas lo retornaron en un estado físico deplorable, pero el anímico era aun peor; era una situación un poco compleja de explicar ya que lo que no hubiera contado a pesar de los malos tratos y suplicios lo decía  para desahogar su estado de ánimo, lo que necesitaba era amparo, cariño y cercanía, mas que un ser humano parecía un alma perdida del purgatorio. Pasamos la noche consolando a esta persona con todos en el suelo y apoyados unos contra otros pero sin pegar un ojo. No recuerdo si se nos dio o no comida, la verdad es que tampoco estábamos para ello.

   A la mañana siguiente  atisbando por los agujeros de la puerta vi aparecer “conducido” a Miguel Cantos Peral, hijo primogénito del por entonces cartero. Sobre las diez de la mañana, me sacaron y cuando me conducían al piso superior me temí lo peor, pero afortunadamente solo era para comunicarme nada menos que me habían pasado al Tribunal de Alta Traición y Espionaje y me mandaban a la prisión militar de Monteolivetti. Adonde nos trasladaron a la mañana siguiente, De la expedición procedente de Albacete, solo seguí yo, el resto los perdí de vista. De veintena que iríamos en el furgón nos adjudicaron celda común a cinco que luego resultaron ser Julio Gordón de Villarejo de Salvanes. Benjamín Giner de Ayelo de Malferit. Pepe Benimeni de Altea, Taito Pérez madrileño, artista-cómico-cantautor, etc. y el que suscribe.

      La habitación de unos 5x6 metros estaba ocupado ya por diez pupilos, a primera vista solo había apilados cinco jergones, estaba bien ventilada por una amplia ventana que daba a una especie de jardín y me dijeron que se trataba de los viveros de San Valero.

   Los ocupantes fueron muy amables y nos facilitaron papel y sellos para escribir a nuestras familias que como es natural desconocían nuestra situación como así mismo ignoraban nuestro paradero, también nos facilitaron un poco de jabón para poder lavar nuestra ropa interior y ducharnos. Con ambas cosas me sentí muy feliz.En la comunicación a mis padres, les indicaba las peripecias en el tiempo que habíamos estado sin comunicación y me dio la sensación de que después de un mes negro y oscuro había salido el sol y se veía a la gente relajada, sonriente y gastando bromas.

      Los cuatro nuevos inquilinos, bastantes jóvenes, no superaríamos los veinticinco años. Aunque se trataba de una prisión militar convivíamos pupilos con ideales afines a cada uno de los dos bandos en guerra, razón por la cual todos nos mostrábamos bastante cautos, es decir, que existía una especie de reciproca desconfianza entre nosotros. Nos dieron dos colchonetas y cuatro mantas que las colocamos en la misma forma que lo hacían los veteranos , es decir, de ocupar cada una un espacio las juntamos todas y hacíamos lo que generalmente se denomina cama redonda. Naturalmente había que conversar entre todos y lo hacíamos sobre generalidades, tales, como procedencia, edades, circunstancias familiares, estudios, oficios, estado civil, pero cada uno contábamos nuestras cuitas. A pesar de ello, al tocar la primera diana creo que todos habíamos intuido del pie que cojeaba nuestro vecino. Al cabo de una semana los cuatro del último ingreso ya nos habíamos desahogado y conocíamos nuestras identidades.

    La segunda parte consistía en sondear a los veteranos, pero fue mas breve ya que uno de ellos Joaquín Valiente, de posesión médico, cuando llevábamos unos días de estancia se arrancó y nos lanzó un discurso , certero, ya que ninguno de los ocupantes de esta celda estábamos allí por haber robado, desertado, etc. sino por cojear del “pie derecho”.

    La prisión estaba gobernada por un comandante y funcionaba a toque de corneta, el de diana nos levantábamos, aseábamos, pasando a coger el desayuno, que consistía  en café con leche, que nada tenía de lo primero y poco de la segunda, un chusco que servía para desayuno comida y cena, el rancho era bastante ligero debía estar diseñado para que no se llegara a la obesidad, consistía en dos platos que debían comerse en las celdas, estas como es natural en las prisiones tradicionales no tenían incluidos inodoros, pues nos servíamos en unos servicios comunes en los que se aseaba, lavaba y evacuaba, eran bastante grandes pero resultaban insuficientes para la gran saturación que padecía la prisión.

    Por este motivo la disciplina no era muy rigurosa, pues después del silencio seguían fregando cacharros y se acostaban después, como otros que lo hacían antes de la Diana para usarlos con mas tranquilidad.

    Uno de los menús que mas se prodigaban eran las lentejas, que por cierto era el plato mas apetecido, ya que con poca grasa, cosa común en todos ellos, resultaban agradables.

    Como entonces los agricultores no trataban estas legumbres, resultaban ser con carne de cuco y el uso de la cuchara requería un verdadero arte, que consistía en sacar estos bichos que estaban florando, y tirarlos. Y después sin llegar al fondo ir sacando las lentejas de tal forma que las piedras quedaran en el fondo del plato.

    Al toque de silencio nos concentrábamos en las celdas y se efectuaba el recuento diario de los reclusos. Existía una enfermería y un calabozo. Los domingos, era día de visita, se podía efectuar entre las horas de las 3 a las cinco de la tarde, los visitantes no tenían limitación alguna para discurrir en el interior de la prisión y acceder a las celdas. Ante esta circunstancia había una regla de dejar estas a los matrimonios, parejas o mas íntimos para que platicaran a sus anchas, entre tanto el resto de los mortales deambulábamos por pasillos y vestíbulos tratando de con una chica para tener un posible ligue cosa bastante difícil ya que casi todas venían con cita previa.

    Pasados unos días recibí carta de mi familia en la que además de comunicarme su alegría por mis noticias, anunciaba mi padre que trataría de venir a verme, lo que ocurrió en un domingo próximo, que llegó acompañado en su visita por María Jordana y que eran portadores de una suculenta tortilla de patatas, pan y una ristra de chorizos, viandas que compartimos todos los ocupantes de la celda como era usual en estos casos.

    Por aquellos días troquecé con Miguel Cantos, que también fue trasladado a Monteolivetti, el cual iba muy bien vestido con un lujoso pijama muy bien planchado, cosa inédita en la prisión y al que visitaba periódicamente una amiga todos los domingos.

    Los cinco que procedíamos de  Sorní 7, a que antes hago referencia como dijo medico y cansado de unos treinta y cinco años acordamos constituir una especie de clan con una férrea y rigurosa disciplina y cuyo objetivo consistía en vivir alegres, no hablar nunca de desgracias y ser optimistas a pesar de las circunstancias.

    Se constituyó como jefe supremo s Joaquín cuyas decisiones era irrevocables y de obligado cumplimiento por todos. Para sellar la unión nos fue sacando sangre a todos los componentes y una vez mezclada nos fue inyectada a cada una de los ocupantes, como es natural esta elección se hizo de manera voluntaria. No se excluyó a ninguno de los ocupantes de la celda, sino que fueron ellos los que no quisieron participar.

    Estaba convenido que cuando ocurriese algún evento extraordinario se celebrara con una “cantemplorada” lo cual consistía - estando descubiertos y agrupados- el jefe tiraba al aire una cantimplora de aluminio las veces necesarias para que el chocar con nuestras cabezas, incluida la del jefe, hiciera una herida o rasguño, que llegara a brotar sangre, ya que la mayor parte de las veces solo producía chichones,   mí `por la ausencia de pelo que amortiguara el golpe resultaba mas cruento.

    Juan, como mas veterano y conocedor del terreno, trató de hacer de este clan una familia que nos uniera mas que una ideología, pues teníamos que convivir juntos las 24 horas del día por un tiempo indefinido, desconociendo los abatares y riesgos que podrían surgir, todo ello agravado por el hacinamiento que padecíamos.

    Ante posibles contingencias, de aproximación de los frentes de guerra,  entre ellas había que posibilitar la retirada, a la que nos dedicamos prioritariamente para lo cual empezamos a examinar las posibilidades de una fuga de emergencia, intentamos programarla a través de la ventana de la celda, que como antes digo,  era un espacio libre.

    La reja que la protegía, no era de las clásicas de barrotes cruzados, formado rectángulos, si no formada por tubos horizontales y paralelos separados unos de otros unos diez centímetros, aun lado y a otro estaban embutidos y sujetos a la brencá de la pared.

    La idea consistía  en si podíamos hacer girar alguno de los tubos, si conseguíamos esto, seguir dando vueltas para que el tubo se fuera embutiendo en la pared hasta que el otro extremo saliera de ella. Entonces  haciendo con el tubo palanca, hacer caer la parte de la pared que lo sujetaba con lo que quedaría espacio suficiente para poder evadirse colgando alguna sabana como es tradicional en estas fugas, hasta llegar al suelo como ya indico, eran unos viveros.

    Este plan era conocido por todos los ocupantes de la celda, pero solo los que formamos el clan procedíamos a llevarlo a efecto. El resto podría ser en todo caso, considerados como encubridores, pero que su silencio contribuyó a llegar a un buen fin. Pusimos mano a la obra para lo cual diez manos a la que previamente nos escupíamos para darle mas adherencia no consiguieron en muchos intentos hacer el mínimo movimiento a ninguno de los tubos, entonces, recurrimos a pegar la punta de una sábana y enrollarla al tubo para después con un trozo de madera hacer de palanca dando tirones a la vez que ayudábamos con las manos.

    En uno de estos intentos conseguimos mover el tubo y de aquí en adelante solo se trataba de girarlo y girarlo para como antes digo, fuero royendo la pared, llegamos a un momento en que tropezamos con una piedra durísima a la que después de muchos intentos, decidimos cambiar el sentido hacia la otra parte de la ventana,. Aquí tuvimos mas fortuna que en el otro extremo y en realidad se trataba de una faena típicamente carcelaria la que nos llevó bastante tiempo pero el ver que un día se avanzaba un centímetro constituía una gran satisfacción toda esta labor la rabiábamos durante la noche y desde luego, tratábamos de llevarla con el mayor sigilo y silencio posibles. Por tanto misión cumplida. Naturalmente todas las noches al terminar la faena fregábamos el tubo y se colocaba en su posición  habitual, como así mismo los resto de polvo que se generaban en esta operación. Terminada ésta, con un poco de yeso tratamos de tapar un poco los huecos que se producían para evitar vestigios de estos trabajos.

    Naturalmente siempre teníamos colgado de los barrotes ropa para que no pudiera percibir algún rasgo de esta operación, pues hay que tener en cuenta que semanalmente se nos pasaba una inspección en la celda,. Afortunadamente el tiempo que yo permanecí allí no hubo necesidad de usar este recurso para la fuga. `pues hay que tener en cuenta que lo que todos aspirábamos era  seguir en la cárcel ya que desaparecido el peligro  siempre  se estaba mejor que en el frente, mas tranquilo y sin los peligros del frente.

    Por aquel entonces, fui conducido al tribunal de alta traición de espionaje, como es natural me desdije de cuanto había firmado en la finca de Los Llanos, lo cual fue debido a la presión a la que fui sometido.  Días después recibí un comunicado en el que me decían haber pasado mi expediente al Tribunal de Justicia Militar.

    A estas alturas ingresó en nuestra celda un sujeto, teniente de infantería del Ejército Republicano apodado  “EL PICHA “ y que según los veteranos ya había pasado por ella y conseguido evadirse con motivo de una enfermedad. Era lo que en la jerga se llama un “chorizo” ósea un carterista, en ambos ingresos el motivo había sido el mismo, deserción del frente. En los días de visita nos hacía demostraciones de su arte,  a la salida de los visitantes, acercándose a ellos les birlaba algún objeto, bolso, cartera,  etc., que luego entregaba en el cuerpo de guardia.

    Una mañana amaneció con una conjuntivitis de “caballo” tenía a los ojos completamente enrojecidos , parecía que le fueran a estallar. El jefe de la prisión con el antecedente de su anterior fuga , ordenó su traslado a la enfermería donde fue tratado y al mismo tiempo vigilado para que volviera a repetirse esta situación y regresó curado a la celda a los pocos días.

    Pasado ciento tiempo, amaneció con un aspecto febril, nuestro médico le puso el termómetro y su temperatura rebasaba los cuarenta grados. Se repitió lo de la conjuntivitis y retornó sano a nuestra guarida.

    Pasado ciento tiempo nos convocó con cara muy seria, nos espetó que quería demostrar al cabrón del comandante, que tenía mas cojones que él, el plan entendía que estaba bien trazado y consistía en hacerse el loco, para lo cual, decía tener que contar con nuestra colaboración, en principio  iría simulando que perdía el apetito, cosa que en realidad demostraba dejándose parte de su ración de manera progresiva, hasta casi llegar a no comer, paralelamente a la degradación de su aspecto físico, su equilibrio mental iba degenerando, apenas salía de la celda, su delirio iba en aumento y repetía sin cesar esta frase. SOLDADOS MATAN, SOLDADOS MATAN. Por nuestra parte teníamos que comentar con los vigilantes que últimamente estaba muy preocupado, ya que iban a formarle un consejo de guerra, del que estaba seguro que por sus deserciones y tropelías lo condenarían a la pena de muerte. Por otra parte, desde que empezó esta aventura no se aseaba y resultaba muy difícil convivir con él, tanto por su fétido olor como sus continuos gritos, día y noche, eran imposibles de soportar. Se había quedado esquelético y su rostro tenía aun aspecto cadavérico.  Un día nos anunció que aquella noche vendría el desenlace, efectivamente, no se que tomó que se produjo una descomposición de vientre y la defecación que expulsaba, la recogía con las manos y se la iba embadurnando por todo el cuerpo, a todo estos gritando su frase de soldados matan, soldados matan y dándose topazos en la pared, produciéndose heridas por las que brotaba la sangre, que se iba mezclando con la porquería de su cuerpo. En mi vida espero ver a alguien con un aspecto mas lúgubre y desastroso  que el que estábamos presenciando.

    Seguidamente lo retiraron de la celda y en los aseos con una manguera lo fueron limpiando  Una vez limpio, lo trasladaron a la enfermería, curaron y ataron sus extremidades para evitar su movimiento. Prohibieron la entrada a la enfermería únicamente pudo hacerlo el médico de nuestro clan que solía entrar para prestar ayuda al enfermero. Éste, pudo verlo al día siguiente y nos dijo que estaba sedado pero que su aspecto físico, era en verano, su boca estaba comida por las moscas. Su resistencia solo duró un día más, pues aparte de que pocas energías podían quedarle, debieron convencerse de que su tercer intento había fracasado. por tanto tres asaltos a favor del comande de la prisión. Transcurridos unos días le dieron el alta y regresó a la celda, de la que apenas salía, comía muy poco y apenas hablaba. Su carácter alegre y dicharachero se había tornado taciturno, no parecía siquiera la sombra de lo que anteriormente era. A las tres no había llegado la vencida. Una mañana no supusimos que alguna cosa gorda estaba tramando.

    Una mañana nos pidió que le dejáramos una aguja de coser que usábamos para hacer productos carcelarios, se la facilitamos enhebrada  como nos había pedido, una vez en su poder se bajó los pantalones, defecó en la mano y embadurnó la cuerda, con la aguja atravesó el escruto, paso el hilo y tirando de la cuerda de un lado a otro para que la infección causa fuera importante. Se sacó el hilo y esperó los resultados. En mi vida espero ver un espectáculo semejante.

    Los resultados no tardaron mucho tiempo en ponerse de manifiesto, ya que los testículos y pene se enrojecieron y fueron inflamándose progresivamente hasta que llegaron a adquirir un volumen tremendo, dimos parte de lo que le sucedía, se lo llevaron a la enfermería y antes de una hora, había sido evacuado al hospital,  en aquella ocasión el PICHA  había vencido por KO al comandante de la prisión.

    Pasado cierto tiempo recibimos una carta en la que solo decía este párrafo “la paloma voló”.Tema más que suficiente, había para una novela con este asunto. Pero es evidente que no espero encontrar a nadie que llegue a estos extremos para conseguir su libertad.

    Por lo demás, en el clan recibíamos visitas, Joaquín que tenía su mujer en Valencia, Benjamín que la tenía en la provincia y que en mi nombre lo hacían María Jordana, Alfonso y Luisa Abellán, amigas de mi familia, todas nacidas en Higueruela y residentes en Valencia. Por cada una de ellas llegaba alguna cosa bien enviada desde el pueblo, o en cualquier caso, unos boniatos asados o unas naranjas. El resto no tuvieron la misma suerte, pues Julio y Cayito tenían sus familias en Madrid y Benivenien en la otra zona. Todos los domingos por tanto, nos llegaba alguna cosa de los que nos iban a ver. Que entraba en la comuna y se comía después del rancho. Se hacia de manera especial, su usaba un solo cubierto con el que se sacaba y se iba pasando para cada uno de los comensales, se hacía pausadamente para que aquello se pudiera saborear medianamente. Cuando había algún licor se bebía a “sorbo y medio” que se traducía en tragar el primer sorbo y el segundo solo hacerlo en parte y volverlo al recipiente del que todos bebíamos y se seguía la ronda hasta apurar su contenido. Estas eran una de las normas de nuestro clan que en principio costó trabajo imponerlas, pero que acabaron siendo de lo mas natural. Por otra parte CAITO que era una especie de artista y cantautor, formó un orfeón, que cantábamos a tres voces, y que acompañaba con un ukelele, además pusimos en escena algunos sainetes a cuya representación la asistencia era gratuita. Pero pasábamos la gorra a la que solían echar bolsas de pipas, frutas y algún “purés de collita“que eran unos puritos fabricados por los huertanos con el tabaco que cultivaban y que eran muy apreciados. Para estos espectáculos teníamos la venia de la dirección, y a la que asistían bastantes visitantes pues se ejecutaban en días de visita.

    En las prisiones el factor tiempo no cuenta, pues es lo único que dan gratis, por tanto las labores que en ella se realizan son lentas en su confección. Las mas socorridas y que a su vez, las de más aceptación eran fabricadas con hilo de pita en forma de cesta con varios modelos, se confeccionaban también otros artículos con papel de barba, que se cortaba en finas tiras. Que se tejían y entrecruzaban confeccionando objetos, como bolsos, petacas, carteras, joyeros.  Estos objetos eran tratados con goma laca que les proporcionaban rigidez y presentación.

    El canje de estos artículos, pues no se aceptaba dinero, tenía que ser en especie, aceptándose legumbres, secas, arroz, productos de la huerta, jabón, licores, en fin cualquier cosa precisa para comer beber o de uso personal. Pasado ciento tiempo en los suministros de materia prima casi desaparecieron de los mercados y exigíamos como trueque materia prima suficiente para realizar dos objetos como el que se trataba, con uno de los objetos lo dedicábamos a este fin y el segundo para poder hacer un trueque.

    Cuando llegaba el día que no tendamos  elementos suficientes para hacer un suplemento ala rancho, nos proponíamos  el hacer alguna cosa generalmente solía ser una paella, para lo cual no contábamos con ningún ingrediente, alguno de los huertanos de nuestra celda, nos prestaba un puñao de arroz, para ir a visitar a los que sabíamos que podían tener este producto, que primero les cantábamos alguna canción, y, después enseñándoles lo que ya teníamos nos fueran echando unos granos. Generalmente yo creo que no era por compasión, porque nos agregaban estos granos, sino por nuestra pesadez. Cuando se completaba el arroz, se buscaban el resto de productos como (aceite, bachoqueta, a la paella todo le venia bien.  La recolección la comenzábamos al terminar el desayuno y generalmente había que seguirla gestionando durante toda la tarde, de forma que casi siempre la paella, cuyos utensilios nos facilitaba nuestros compañeros, se realizaba después de la cena.

    Una noche decidimos dar un asalto a la cocina, en la que no encontramos mas que unas ristras de ajos, unos huesos que mas que de ganado bovino, parecían del equino, poca chicha pudimos sacar de los huesos, pero nos llevamos los ajos, por cierto que a mí no me gustaban, pero no pude resistir el olor que de ellos asados y la fetidez de los abundantes ventoseo que producían, no tuve mas remedio que comerlos asados como se hacían, como revulsivo, a pesar de las nauseas que en principio me producían. Por estos motivos no era difícil identificar a los autores del hurto, pero tengo la impresión que la dirección pasarlo por alto debido a la popularidad que gozábamos  y en parte con que lo sustraído no llegaría siquiera a cometer una falta. Por cierto que en la primera visita obsequiamos con unas cabezas a mis visitantes las Abellán y Jordana, por cierto que cuando ellas salían de la puerta de la prisión gritábamos, “esas que se lleva los ajos” cosa que todo el mundo tomo a risa, aunque era completamente cierto.

    La prisión estaba cercana al puerto donde se producían con frecuencia bombardeos por la aviación, generalmente por la noche, y en cuanto oíamos las sirenas nos acercábamos a la ventana para ver el espectáculo de los aviones y las trazadoras de las defensas antiaéreas y las explosiones. Un día en uno de estos bombardeos calló una bomba en los viveros que había junto a la prisión, tuvimos la suerte, de que como el suelo era de tierra, solo provocó una fuerte polvareda y solo una pequeña esquirla penetró por la ventana y tras rebotar en la pared dio en la pierna del médico, produciéndole una buena herida, sin embargo a los que estábamos apostados en la ventana solo nos llevamos un buen porrazo por la onda expansiva.

    En octubre de 1949 fui requerido a juicio al Tribunal de Justicia Militar, en mi declaración manifesté que como no comulgaba con los ideales comunistas ni anarquistas mis servicios militares en el tiempo que permanecí activo en el ejército habían sido honestos y mi comportamiento en los servicios que se me habían encomendados, donde presté mis servicios fueron correctos.

    A finales de este año se me comunicó que mi causa había sido traspasada al Tribunal Popular y como consecuencia de ello, se me trasladaba de la prisión militar a la civil de Torres de Quarte, la despedida fue de rigor con cantimplorada y sus consecuencias.

    La vida en esta cárcel, se caracterizaba por que durante el día reinaba cierta disciplina, pero por la noche eran los reclusos los que mandaban, ya que los guardianes no se atrevían a subir por las angostas escaleras que conducían a las torres. El ambiente era bastante hosco y la población de la misma muy heterogénea, se daba la circunstancia de que a través de unos tejados se podía salir al exterior, lo que alguno practicaba cuidando de retornar antes del toque de diana, otros sin embargo aprovechaban para no volver.

    Por una discusión con uno de los guardianes fui arrestado al calabozo, que se encontraba en los bajos de las torres, al que se accedía por un escalera sin barandilla que circundaba la torre, aquel día ingresó un oficial del ejército que no se que tropelía había cometido en un estado depresivo decía que lo iban a fusilar. Los que estábamos allí tratamos de disuadirlo de que aquello no llegaría con el fin de quitarle la idea que tenía subirse a lo alto de la escalera y suicidarse. Por la noche tratamos de formar una imaginaria para que no consiguiera este fin. Entre los asistentes había un gitano, que dijo que el se encargaba de hacer la primera imaginaria, cuando el presunto suicida trató de subir por la escalera, no le puso ningún obstáculo sino al contrario , le dijo que esperara un momento que iba a barrer para que no se hiciera daño en la caída. No obstante terminada la limpieza subió también la escalera y entonces empezó a empujarle para tirarlo pero el suicida se agarró a la vida. Si no es por él, nos hubiera dado la noche. Al día siguiente desde los ventanucos que el calabozo tenía a la calle se oyeron unas voces que gritaban “Manue, a lo que Manuel contestó   “a la que parecía ser su mujer” dale a ese tío con el coño en las narices, para que me saque, que de lo demás me encargo yo.

    A primeros de febrero fui trasladado a la prisión provincial de Albacete. Allí permanecí hasta mediado el mes de marzo, que me dieron la libertad. Por aquel entonces, la contienda estaba decidida y solo se estaba pendiente de su final que se presagiaba inmediato, me reincorporé al ejército en la unidad que había servido en la que con un grupo de emergencia,  preparamos la entrega  al ejercito nacional (vencedor), de todos los enseres y materiales de la misma, ya que por lo que respecta al personal de la misma se había dado libertad para continuar en el ejército o marcharse a su casa. Esta circunstancia me condicionó mi vuelta definitiva al pueblo hacia principios de mayo. Fecha en la que consumada esta operación que resultó modélica y por la que fuimos felicitados.

    El término de la guerra civil, no pudo ser mas feliz, se cumplió mi objetivo de terminarla en la cárcel a la que en casi dos años de permanencia me había habituado.

    Creo que debo cierta gratitud a cuantos me habían denunciado y directamente a este final. También comprendo la reiteración que tuvieron al ver algunos de sus hijos en los frentes de batalla y sin embargo yo me encontraba en la retaguardia pero bien entendido cumpliendo un servicio que para la guerra era imprescindible y decisivo. El que realice con toda honradez.

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