|
|
|
Archivo Diputación de Albacete. |
El Cantón
Manchego como parte del Estado Federal Castellano (1868-1874)
Como casi todo el resto de España, a mediados del siglo XIX La Mancha también se
dejó arrastrar por el impulso federalista. Es un tema aún poco estudiado, pero
hay constancia documental de que existieron desde 1868 movimientos republicanos
de carácter federal en varios pueblos de las cuatro provincias manchegas. En
1870 se publicó en Albacete el periódico El Cantón Manchego que indicaba
claramente la identificación regional del federalismo albacetense. Según el
mismo periódico, desgraciadamente hoy desaparecido, se le puso aquel título
“como un recuerdo cariñoso a dos mártires de la República Federal”. Durante 1871
y1872 continuaron los movimientos revolucionaros de este carácter en nuestras
provincias. Por primera vez, desde 1822, La Mancha volvía a estar unida, aunque
dentro del Estado Castellano, pero formando una unidad básica: el Cantón
Manchego. En el Pacto Federal de Valladolid de 1873 se incluía a la provincia de
Albacete en esta formación, por considerarla “íntimamente unida a La Mancha de
Ciudad Real y Cuenca”.
En este mismo año el cantonalismo estalló triunfante en
Murcia y Cartagena, así como en otras partes de España, pero también en multitud
de poblaciones de Toledo, Cuenca, Ciudad Real y Albacete. Las afinidades de esta
última provincia con el Cantón Murciano fueron menores que las que tuvo con el
Cantón Manchego, y tan sólo impuestas por los acontecimientos bélicos de última
hora. El cantonalismo murciano quiso anexionarse Almansa, Hellín y Albacete.
Aunque no tenemos muchos datos sobre la posición de nuestra provincia, sin duda
existieron tendencias cantonalistas dirigidas a ambas direcciones: manchega y
murciana. Finalmente los federales de Almansa y Hellín tuvieron que huir hacia
Cartagena, pero esto no indica sino que sólo en territorio murciano podían
escapar del acoso del Gobierno. Bibliográficamente se suele citar a la pequeña
población de Camuñas, entre Toledo y Ciudad Real, que se declaró independientes
y soberana. Y a principio de 1874, cuando ya había sido aniquilado el Cantón de
Cartagena, surgió un levantamiento verdaderamente romántico: el Cantón Manchego,
en Ciudad Real y su provincia.
Pero no hay que engañarse. Esta actitud cantonalista
extremada sólo indicaba que, más que una tendencia regional, lo que existía
entonces era una tendencia local, atomizadota, disgregadora. Y ello originó un
desprestigio total del federalismo y un retraso fatal del verdadero regionalismo
español. Por ello, lo del Cantón Manchego hay que dejarlo en sus verdaderas
dimensiones, sen exagerar. No obstante, sirve perfectamente de indicador de una
incipiente conciencia colectiva regionalista, que se manifestó sobre todo en
Albacete y Ciudad Real.
|
|
Los proyecto de mancomunidades provinciales de 1913
A principios de nuestro siglo, frente al
catalanismo militante, que pretendía la constitución de regiones autónomas de
tipo federal, los más abiertos políticos centralistas ofrecieron la salida
“descafeinada” de las Asociaciones o Mancomunidades Provinciales, para contentar
a los regionalismos sin caer en el peligro separatista. Todo ello cristalizó en
el Decreto de Mancomunidad Catalana, que estuvo vigente desde 1914 a 1925.
Algunos autores hacen levísimas referencias, casi siempre a
pie de página, a otros proyectos nonatos de Mancomunidades: la Aragonesa y la
Castellana. Personalmente he encontrado muchos datos inéditos sobre la
Mancomunidad Castellana y sobre otros proyectos desconocidos que afectan
directamente a nuestra región: la Mancomunidad Levantina y la Mancomunidad
Manchega.
A principios de 1914 una parte de La Mancha, la provincia de
Albacete, se vio tentada por un intento de asociación provincial, la
Mancomunidad Levantina, a iniciativa de la Diputación Provincial de Valencia,
que intentaba unir a esta provincia con las de Alicante, Castellón, Teruel,
Murcia y Albacete. La idea, como es natural, no causó grandes simpatías en
Murcia, interesada por una región propia en la que como siempre quería encuadrar
a Albacete, ni en esta última provincia, interesada por la Mancomunidad
Manchega.
La idea de la Mancomunidad Castellana surgió a iniciativa de
la Diputación Provincial de Madrid, en sesión del 3 de enero de 1914,
acordándose iniciar las gestiones oportunas para procurar la asociación de ambas
Castillas, invitando a las Diputaciones Provinciales de Toledo, Ciudad Real,
Cuenca, Guadalajara, Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila. La
prensa madrileña, sobre todo El Debate difundió rápidamente la iniciativa, que
fue divulgada enseguida por los periódicos locales de las provincias interesadas
en el proyecto. Como es natural, la idea fue apreciada muy diversamente por los
distintos periódicos, aunque en general la apoyaban y se mostraban partidarios
de la descentralización administrativa y del regionalismo, cuya tendencia,
decían, no debía ser privativa de Cataluña sino también de Castilla, a la que
muy certeramente llamaban “la primera víctima propiciatoria del centralismo del
Estado español”.
Sin embargo, este interés periodístico hacia la
Mancomunidad Castellana no agilizó los trámites burocráticos y políticos de
decisión de las provincias, que tardaron mucho tiempo en tomar acuerdos
positivos. La diputación que más extensamente trató el asunto fue la de Ciudad
Real, pero prácticamente en ninguna de las corporaciones provinciales manchegas
llegó a acordarse nada totalmente positivo, porque quizá en todas ellas no
interesaba verdaderamente Castilla sino La Mancha.
Intentos de crear la Mancomunidad Manchega (1914-1923)
La idea de la Mancomunidad Manchega surgió de forma
paralela a la Castellana, en febrero de 1914, en un mitin celebrado en
Valdepeñas, a cuya terminación se firmó un documento aprobando por unanimidad,
entre otras cosas, que se emprendiera una activa campaña que impidiera la
emigración clandestina de La Mancha (problema que ya entonces debía ser capital
para la región) y trabajar para conseguir una Mancomunidad de provincias.
La parquedad de las fuentes informativas hasta ahora
encontradas nos impiden conocer más detalles sobre este interesante intento,
totalmente ignorado por la historiografía regionalista, de construir una
Mancomunidad de las provincias de La Mancha. Quizás lo que se llevaría a la
Asamblea de Valdepeñas sería el tema entonces candente de la Mancomunidad
Castellana, pero una vez empezado el mitin, el sentimiento regionalista manchego
se desbordó. Se analizaron los pros y los contras de la Mancomunidad Castellana,
encontrándose que La Mancha no tenía nada que ver con el resto de Castilla, que
lo que intentaba Madrid era un regionalismo demasiado amplio y diverso para que
tuviera eficacia, y que, por otro lado, estaba el recelo, siempre latente hasta
la actualidad, hacia un intento regionalista capitalizado por Madrid, a la que
se consideraba la cuna del centralismo español.
Por eso, lo que al final se aprobó por unanimidad y con los
aplausos fervientes del público fue la creación de una Mancomunidad Manchega,
que propiciaba un regionalismo más lógico y entrañable por el que se batallaba
incesantemente en la prensa regional y a través del Centro Regional Manchego. Y
la Asociación de provincias la constituirán tan sólo aquellas que
tradicionalmente siempre se han considerado como hermanas: Ciudad Real, Cuenca,
Toledo y, como es natural, Albacete, que no estaba incluida en el proyecto de
Mancomunidad Castellana propiciado por Madrid.
Durante varios años se mantendría una estéril polémica
entre los partidarios de una y otra Mancomunidad, que daría como resultado que
ninguna de ellas se llevara a efecto. Está claro que las provincias manchegas no
querían formar parte de la Mancomunidad Castellana, porque se sentían
completamente diferentes de Castilla, e incluso algunos escritores regionalistas
hablaban de La Mancha como región diferenciada incluso de Castilla la Nueva.
En 1919, en una Asamblea de la Juventud Central Manchega celebrada en Madrid,
los diferentes oradores propusieron que se pidiera a las Diputaciones
Provinciales de Ciudad Real, Cuenca y Toledo que desecharan cualquier
inteligencia con Castilla y que, por el contrario, “se pusieran de acuerdo con
su hermana la de Albacete” para llevar a efecto una Mancomunidad Manchega,
“Formando una región político-administrativa con carácter propio”. Todos los
oradores estuvieron de acuerdo con la inclusión de Albacete en esta región, y
los que hablaron en representación de Ciudad Real, Cuenca y Toledo hicieron
manifestaciones de cariño hacia Albacete, de quien sus provincias se sentían
“hermanas incondicionales”. Los representantes albaceteños dieron las gracias
por la adhesión de su provincia y ensalzaron el ideal regionalista manchego de
Albacete por su posición geográfica, por sus caracteres y por sus costumbres. La
región manchega, dijo uno de ellos, “ha existido y existirá siempre, a pesar de
las artificiales divisiones llevadas a cabo en el transcurso de la historia”.
Nacimiento y desarrollo de las ideas regionalistas
manchegas
Todo esto no era sino el resultado del surgimiento de unos
ideales regionalistas de La Mancha que brotaron a principios de siglo, como en
casi todas las demás regiones españolas, y muy vinculados a las actuaciones de
una sociedad madrileña: el Centro Regional Manchego, que desde 1906 se
constituyó en el verdadero adalid de nuestro regionalismo.
El Centro Regional Manchego, en su Reglamento, se
autocalificaba como “la más genuina representación regional” y entre sus
aspiraciones estaba la de fomentar la conciencia regionalista de La Mancha,
estrechando “los lazos de solidaridad entre las cuatro provincias de Albacete,
Ciudad Real, Cuenca, y Toledo”. Para intentar esa aspiración se inició una
campaña propagandística por todo el territorio, a fin de conseguir la formación
de Juntas Locales en las poblaciones más importantes. El Centro se encargaría de
atender y gestionar las aspiraciones de las Juntas Locales, en defensa de los
intereses morales y materiales de La Mancha.
En el mismo año, 1906, se exhibió por vez primera la
bandera regional, en un mitin celebrado en Daimiel, y poco después se creaba
otro símbolo importante regionalista: el himno de La Mancha. No voy a insistir
aquí demasiado sobre estos temas, desarrollados más detenidamente en una
monografía histórica publicada en la revista Al-Basit (9, 1981). Tan sólo
decir que la difusión de la enseña original (cuatricolor, con el negro de
Toledo, el rojo de Cuenca, el azul de Ciudad Real y el blanco de Albacete), pasó
por altibajos lamentables, igual que el idealismo regionalista manchego, y que
tuvo su momento más álgido hacia 1919, año en que si bordó una bandera solemne
en Albacete, que fue paseada con orgullo por Madrid y por las cuatro provincias
de La Mancha.
Aquellos altibajos regionalistas estaban íntimamente
ligados a las crisis internas del verdadero creador de la idea, del Centro
Regional Manchego. La dinámica democrática del mismo había sido su perdición.
Sus creadores habían intentado que fuera “un Comité de acción incesante”
regionalista, “la más genuina representación regional”. Y las primeras Juntas
Directivas, en las que esta idea imperaba sobre todas las demás, tuvieron,
democráticamente, que dejar paso a otras menos entusiastas con la idea del
regionalismo y, al final, como decía amargamente uno de sus creadores, “los
fines del Centro Regional Manchego fueron secuestrados y desnaturalizados por el
Centralismo y sus secuaces”. Ante ello, los primitivos socios fundadores
abandonaron casi en masa la sociedad y en los primeros días de su existencia el
Centro estuvo constantemente “sorteando obstáculos y dificultades, en tal número
que las Juntas Directivas, en varios años, pensaron más de una vez si había
llegado el caso de renunciar a que en Madrid existiera un hogar que era la
prolongación, a la vez, del siempre bien amado suelo manchego”.
Los años de mayor efervescencia del Centro y, por tanto, de
mayor entusiasmo regionalista manchego, fueron entre 1918-1924, sobre todo con
la constitución de un movimiento regionalista filial: la Juventud Central
Manchega, y la organización de una serie de actos regionalistas, entre ellos una
magna Exposición Regional de La Mancha y una Fiesta de la Bandera Manchega, para
exhibir la que había sido bordada artísticamente por las alumnas de la Escuela
Normal de Maestras de Albacete.
La pujanza del regionalismo manchego y su impulso a través
de la representación madrileña, sobre todo de la Juventud Central Manchega que
aglutinaba a todos los jóvenes de la región que estaban estudiando en la capital
de España, se hizo palpable también, por estas fechas (1919) con la aparición de
Ecos de las Provincias, revista quincenal ilustrada, defensora de los intereses
de la región manchega y órgano oficial del Centro Regional. El título fue
cambiado enseguida por el de Ecos de La Mancha, de mayor impacto y con mayor
identificación regionalista. Unos años más tarde, hacia junio de 1922, el
Centro editaría otra revista, La Mancha Agrícola e Industrial. Todo este
impulso propagandístico regional se veía secundado en las cuatro provincias por
una prensa que aspiraba a los mismos ideales regionalistas, sobre todo Vida
Manchega, de Ciudad Real, y La Región, de Valdepeñas, que en 1923 hacía una
edición en Albacete. En estos periódicos y en otros muchos más entre los que
habría que contar El Debate, defensor del regionalismo castellano, que también
se ocupaba de La Mancha, un buen plantel de escritores y periodistas manchegos
fueron auténticos paladines de un ideal que se estrelló lamentablemente frente a
los molinos de viento de la indeferencia y la apatía del común de las gentes de
las cuatro provincias.
El regionalismo manchego, en realidad, fue tan sólo una
bella pero efímera violeta surgida en el fango del camino, siendo aplastada
fatalmente por el primer caminante, que fue un brioso corcel bélico. Durante la
Dictadura de Primo de Rivera el Centro Regional Manchego fue clausurado, igual
que otras muchas sociedades regionalistas de toda España y, años más tarde, no
se supo crear nada semejante que sirviera para aglutinar los sentimientos de
hermandad de las cuatro provincias de La Mancha. Incluso la bandera y el himno
desaparecieron de la memoria de las gentes, hasta que en nuestros días han sido
desempolvados por nuestras investigaciones históricas.
Efervescencia regionalista en los primeros meses de la
Dictadura de Primo de Rivera (1923-1924)
La mayor efervescencia regionalista surgió al principio de
la Dictadura de Primo de Rivera, al creer todo el mundo, por unas declaraciones
precipitadas, que el general intentaba una división regional de España,
suprimiendo las provincias. Entonces sobrevino una verdadera explosión, que
tenía muy poco que ver con un auténtico sentimiento regionalista, ya que las
fuerzas vivas de casa capitas a los que aspiraban era a no perder su condición
preponderante de cabeza de la provincia, intentando por otro lado conseguir algo
más importante: ser capital de la nueva región que se creara. Este es un tema
casi desconocido para la mayoría de los historiadores españoles, a nivel
nacional, y que nadie ha estudiado a nivel regional en La Mancha.
Ante el rumor surgieron diferentes posiciones:
Albacete pidió la creación de una Región Manchega, en forma
de Mancomunidad de provincias, con capital en Albacete y formada por Toledo,
Cuenca y Ciudad Real, “sus hermanas de La Mancha”, a las que se consideraba
unida “por vínculos de sangre y convivencia, y por razones de índole geográfica
y productora”. La misma petición que Albacete hicieron Cuenca y Ciudad Real,
aunque, como es natural, pidiendo cada una de estas ciudades, respectivamente,
ser la capital indiscutible de la Región Manchega, o de la Mancomunidad de
Provincias Manchegas que se formase.
Por su parte Toledo, recordando una vez más su antiguo
reino y su título de “cabeza de España”, pidió la creación de una Región de
Castilla la Nueva, que algún erudito toledano pretendió se llamara Región
Carpetana, y que se formaría con las provincias de Cuenca, Ciudad Real y Ávila
(sin Madrid, Guadalajara ni Albacete) y, por supuesto, con capital en Toledo. En
la entrevista celebrada con las fuerzas vivas de la Imperial Ciudad, Primo de
Rivera les dijo que no se preocuparan, que desde luego Toledo “era de hecho la
capitalidad artística”. Los prohombres del Tajo se quedaron tan satisfechos, sin
reparar en el fino humor que con ellos gastaba el general.
Y Murcia, como es natural, pidió por su parte la creación
de una Región Murciana, con capital en Murcia y englobando a toda la provincia
de Albacete y parte de las de Alicante, Almería y Jaén. Cartagena iniciaría
entonces su tradicional oposición a la ciudad del Segura, pretendiendo ser
capital de una región que ya no se llamaría murciana sino Cartaginense, como en
los tiempos de Roma.
Era verdaderamente el caos y, sin duda, un extraño
experimento del Dictador para demostrar la inviabilidad de las ideas
regionalistas en un país tan ardosamente cantonalista y localista como España. Y
todas las ilusiones regionalistas, así como los recelos y el miedo a perder las
capitalidades provinciales, se disolvieron como un castillo de naipes cuando, en
la primavera de 1924, Primo de Rivera declaró que no pensaba suprimir las
provincias y que no le interesaba la creación de regiones. Este pensamiento se
manifestó más crudamente con la disolución de la Mancomunidad Catalana y con la
publicación en 1925 del Estatuto Provincial de Calvo Sotelo. Aunque realmente
éste suponía una auténtica descentralización administrativa, consagrando a la
provincia por primera vez como una entidad local independiente del Estado. Y por
lo tanto, realizando un verdadero regionalismo, pero con la base exclusivamente
provincial.
Estallido regionalista con la Segunda República
(1931-1939)
Con la II República sobrevino, antes de la Constitución de
1931, un resurgimiento del federalismo y Cataluña fue la primera en proclamar la
República Catalana, como un Estado integrante de la Federación Ibérica. Las
ideas federales se extendieron de nuevo por todas partes y el Partido
Republicano Federal intentó la creación de un Estado Regional
Castellano-Manchego, con capital en Madrid y englobando a Toledo, Ciudad Real,
Cuenca, Guadalajara, Albacete, Ávila y Segovia. En Albacete se discutieron
ampliamente en los periódicos las ideas federales, que se apagaron un tanto
después de la Constitución.
No obstante, brotaron de nuevo los proyectos regionalistas,
y Albacete se opuso radicalmente a una Región Levantina, pretendida por
Valencia, con Alicante, Castellón, Murcia y Albacete. También se opuso a una
Región Levantina más restringida, pretendida por Alicante, con Murcia y
Albacete. Y a un artificial Reino de Jaén, pretendido por Jaén, con Ciudad Real
y Albacete, así como a una inevitable Región Murciana, pretendida por Murcia,
con Albacete y parte de Alicante, Almería y Jaén.
Las simpatías de Albacete, una vez más fueron hacia una
Región Manchega, con Albacete, Cuenca, Ciudad Real y Toledo. En esta última
ciudad surgió en julio de 1931 la Agrupación Regionalista de Toledo y en agosto
del mismo año se intentó la promulgación de un Estatuto Manchego, semejante al
de Cataluña. Pero ni siquiera la creación, en octubre de 1932, de un Partido
Autónomo Manchego, en Ciudad Real, fue capaz de llevar adelante la idea
regionalista, y el Estatuto nunca pasaría de su etapa de proyecto.
Consideraciones finales
Como hemos visto, la tendencia predominante en nuestras
provincias siempre ha estado dirigida a un regionalismo manchego. La Mancha es
el nombre que siempre han venerado nuestras gentes, el que tradicionalmente ha
hecho que la gran mayoría de los corazones de Albacete, Ciudad Real, Cuenca y
Toledo se sientan hermanos. Y el regionalismo manchego no es un invento de
nuestros días, sino que tiene una tradición semejante a la de otros
regionalismos que consideramos más lógicos y con mayor fundamento histórico.
Sin embargo, los políticos actuales prefirieron una región
más amplia, y también más difusa, que tuvieron que bautizar con el nombre
compuesto de Castilla-La Mancha. Allá ellos con sus responsabilidades, por no
haber querido o no haber sabido escuchar las lecciones de la historia, y por no
haber tenido presentes los sentimientos populares.
Y como la situación parece irreversible, lo mejor es huir
de lamentaciones superfluas e intentar remediarla con decoro. Hay que aprovechar
el sentimiento mancheguista que subyace escondido entre el sentimiento más
dilatado que hemos decidido llamar castellano-manchego. Hay que crear una nueva
conciencia regionalista en Castilla-La Mancha.
Y para ello el mejor camino es el que indicábamos al
principio de este ensayo: el conocimiento de nuestras raíces, de nuestra esencia
regional, que no puede desentrañarse si no es con el estudio. Sólo de esta
manera averiguaremos algún día lo que es Castilla-La Mancha, y los habitantes de
las cinco provincias, las de La Mancha y la Alcarria, empezaremos a sentirnos
verdaderamente hermanos y solidarios en un destino común. Y empezará a existir
realmente el invento de nuestros días: Castilla-La Mancha.