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La primera Edad del Hierro en Albacete. El origen de la cultura ibérica. Por Francisco Javier López Precioso, artículo publicado en el Boletín Informativo "Cultural Albacete",  marzo de 1995 (número 84).

    ESCRIBIR sobre la cultura ibérica en Albacete es sin duda uno de los temas más interesantes que se pueden proponer, ya que es aquíen donde se dan diversas muestras del arte ibérico que no tienen comparación con otros lugares de la Península Ibérica. Recordemos por ejemplo el monumento funerario de Pozo Moro o las diversas muestras de escultura entre las que destacan el toro de Balazote, la esfinge de Bogarra, la cierva de Caudete o el caballo de la Losa.
    Ahora bien, todas estas manifestaciones están aquí por un serie de razones fundamentadas en el tiempo, existen en el territorio albacetense no por generación espontánea, sino porque en este lugar se dieron una serie de factores que motivaron el desarrollo de esta cultura al igual que sucedió en otras zonas, de tal manera que Albacete queda inmersa en un proceso cultural del que no se conocía nada, debido a la falta de un proceso de investigación centrado en estos momentos.
    Ya en otros trabajos tratamos sobre aspectos funerarios o culturales de los iberos, o bien sentamos las bases para comprender a las poblaciones anteriores al fenómeno ibérico. Aquí pretendemos ofrecer los datos básicos y las diversas influencias externas que motivaron el desarrollo de tan alta cultura, que nos ha legado muy importantes muestras de su repertorio material, organización política, orden social y artes mayores.
    Hacia el siglo VIII antes de Cristo la Península Ibérica se encontraba inmersa en un proceso histórico polarizado por dos grandes sistemas culturales, por una parte los Campos de Urnas del Noreste, centrados fundamentalmente en Cataluña, así como por la presencia de ciertos elementos del Valle del Ebro y por otra la cultura tartésica, cuyo foco principal se encontraba en la zona de Huelva y Cádiz. A ello hay que añadir la presencia de un elemento capital para fijar el factor principal de desarrollo de la cultura ibérica, se trata de la presencia fenicia a través de una serie de factorías enclavadas desde las costas gaditanas hasta la desembocadura del río Segura. Sus fechas de origen y fundación varían desde finales del siglo IX a. de C. hasta el siglo VII a. de C. Su cometido principal era seguramente el comercio con el fin de conseguir metales como la plata y el estaño, intercambiándolos por productos cerámicos y manufacturas de hierro. Estos dos elementos, es decir, la cerámica a torno  y el hierro, van a suponer un cambio revolucionario en la concepción económica de las poblaciones indígenas ya que se va a iniciar una transformación en los modos de producción, pasando de una economía basada en las cerámicas realizadas a mano y la metalurgia del bronce a otra apoyada en la cerámica a torno y el hierro. Ahora bien, ni unas ni otras se abandonan, sino que conviven durante largo tiempo con aquellas, en un momento temporal y cultural que se ha convenido en llamar orientalizante.
    Dentro de toda esta dinámica tan intensa de cambios, relaciones económicas y de innovación material que debemos considerar como el embrión de la cultura ibérica, la provincia de Albacete juega un papel con dos características principales, organizadas en función del tiempo y del espacio. En un primer momento y en zonas como la Sierra de Nerpio y sus alrededores, la presencia de materiales fenicios en El Macalón equipara este territorio con otros como los de Granada o Jaén que determina un gran ámbito cultural englobado en lo que hoy es la Alta Andalucía. Desde un punto de vista poblacional es una zona mal conocida en la que solo tenemos constancia de un gran asentamiento como es el Macalón, si bien deben existir otros tantos de carácter secundario, organizados en torno a este gran poblado, como asentamientos centrales equiparables al Macalón.
    Aquí tenemos documentadas cerámicas de barniz rojo, una de las producciones emblemáticas de las factorías fenicias, que vienen seguramente a través de intermediarios indígenas, y fíbulas del entorno tartésico como las del grupo Alcores-Bencarrón-Acebuchal.
    Todo ello en un ambiente en el que lo indígena aún mantiene una gran preeminencia, caracterizado gracias a las cerámicas a mano. La fecha de impacto de este modelo cultural parece situarse a finales del siglo VIII o inicios del siglo VII a. de C.
    En otro lugar de la provincia de Albacete, en la desembocadura del río Mundo, y por lo tanto en la zona de interés de la vega el Segura medio, se ha localizado un pequeño pero interesante poblado en la zona de Camarillas, que conocemos como Camarillas-2. En él se han localizado diversas cerámicas que nos hablan de un mundo inmerso en la Primera Edad del Hierro, difícilmente distinguible del momento terminal del final de la Edad del Bronce, con una cultura material que es similar a otros yacimientos como El Ramonete de Mazarrón, en Murcia, o con elementos de otros poblados, en los que ya aparece la cerámica a torno si bien con fechas muy antiguas  entorno al final del siglo VIII y toda la primera mitad del siglo VII a. de C. En este asentamiento no está presente la cerámica a torno, por lo que es el precedente inmediato de otro enclave, de gran importancia y muy interesante, que conocemos como Los Almadenes.
    Dicho poblado, fundado posiblemente hacia el último tercio del siglo VII a. de C., nos explica, al menos en parte, el proceso de iberización del Campo de Hellín y los llanos circundantes de la zona central de Albacete. En él una reciente excavación nos ha permitido conocer la estructura de un edificio de unos 150 metros cuadrados de superficie, con cinco estancias separadas por tabiques, con un patio de acceso y un almacén de cerámicas, en el que han recogido  más de treinta piezas completas aunque aplastadas por el derrumbe de la cubierta, derrumbe producto del incendio que al parecer destruyó por completo este edificio.
    Desde un punto de vista urbanístico se trata de un asentamiento planificado previamente, en el que destacan su muralla defensiva con un basamento ensanchado en la parte baja que actúa a modo de refuerzo, sus calles rectas organizadas longitudinalmente las mayores o principales y unos espacios abiertos que llaman poderosamente la atención al tratarse posiblemente de plazas entre diversos edificios.
    Todo ello nos está hablando de la existencia de un poder más o menos organizado que determina una estructura jerarquizada que impone una serie de criterios de organización del trabajo para construir ordenadamente este asentamiento.
    Si su arquitectura es importante no lo es menos su cultura material, ya que ésta nos habla claramente de un momento orientalizante, enlazado con otros enclaves costeros como los que existen en la zona de la desembocadura del río Segura, debajo de una rábita hispanomusulmana, que es seguramente un factoría de distribución comercial o las que deban existir en la zona de Mazarrón, en donde se ha encontrado un barco hundido de época fenicia cerca de la Punta de los Gavilanes, sitio en el que se ha excavado un enclave con materiales orientalizantes y fenicios. Ahora bien, lo que sí está claro es que existen otros enclaves que podemos considerar como intermedios entre la zona costera y el territorio de Albacete, enclaves como el del Castellar de Librilla en Murcia, la Peña Negra en Crevillente o Los Saladares de Orihuela, los dos en Alicante, a los que debemos añadir el asentamiento de Bolbax en Cieza que debió tener una gran importancia en la Primera Edad del Hierro. Estos asentamientos deben jugar un papel preponderante como intermediarios comerciales, papel que va a ser fundamentalmente en el proceso de iberización.
    Los materiales de Las Almadenes, fechados en el momento de destrucción, que nosotros  consideramos que debe estar en torno al 550 antes de Cristo, se caracterizan por situarse a caballo entre un momento orientalizante y lo que es propiamente ibérico inicial. De ellos destacan principalmente las ánforas, de tipo conocido como Rachgoun, con labios triangulares o bien rectos, de carena de hombro y asas verticales macizas. Las pastas cerámicas nos han permitido distinguir dos grandes grupos dentro de las ánforas, pastas que no tienen similitudes con otros lugares por lo que llevamos visto de otros yacimientos de Alicante y Valencia, si bien es posible que encontremos parecidos conforme profundicemos más en la investigación.
    Acompañando a esas ánforas tenemos cerámicas grises, pintadas de gran tamaño, de amplia boca, conocidas como “pithos” y otras de pequeño porte a modo de urnas y como elementos más destacados un fragmento de ampolla fenicia, muy comunes en Ibiza, siendo el primer ejemplar conocido en Albacete y un fragmento de pared de una vasija realizada a mano con superficie grafitada, es decir con la cara exterior bañada en este producto, cuyo elemento principal es el carbono. Esta pieza pone en relación nuestro yacimiento con otros como Los Villares, en Caudete de las Fuentes, Valencia, o el más importante e influyente para la zona albacetense como es Cástulo en Linares, Jaén, lugares en los que las cerámicas grafitadas tienen una representación importante y señalada.
    Pero existe un yacimiento arqueológico que mantiene unos fuertes paralelismos con el nuestro, se trata del Alt de Benimaquía en Denia, Alicante. Es un poblado costero, con una sólida muralla, del que se han excavado diversos edificios adosados al interior del paramento defensivo. Destaca por la localización de una serie de lagares y espacios para prensar vino, por lo que es un yacimiento único. Dicha elaboración del vino parece que es importante dentro de las sociedades orientalizantes e ibéricas antiguas por cuanto tiene un significado especial el consumo de este líquido ya que se utiliza en banquetes y en ritos funerarios.
    También son de destacar las cerámicas a mano que mantienes el aire tipológico de sus más inmediatos precedentes, tales como los que hemos encontrado en Camarillas-2, yacimiento citado más arriba. Dichas cerámicas entroncan con la tradición local, de lo que se desprende la unión entre lo indígena y lo foráneo, mezcla que va a ser una de las características determinantes a lo largo del tiempo de la Cultura Ibérica en Albacete.
    Posiblemente coetáneo al asentamiento de Los Almadenes existe en el Altiplano de Jumilla, Murcia, un gran conjunto del Bronce Final y la Primera edad del Hierro, conocido como Coimbra-El Maestre, del que se tiene conocimiento de su necrópolis, conocida como Collado y Pinar. En este lugar se han documentado encachados de piedra, a la manera de los túmulos, de planta rectangular y circular, con cerámicas a mano y fíbulas de doble resorte, así como un fragmento de vaso alabastrón, pieza con un evidente sentido funerario y cultural. El modelo fúnebre de enterramiento que es la incineración, es el precedente más inmediato de todo el complejo funerario ibérico que se verifica en Albacete, y en la zona interior de Murcia. Las fíbulas de doble resorte y el alabastrón nos indican la existencia de relaciones con el mundo orientalizante, del que existe un claro ejemplo en la necrópolis de Les Moreres, cementerio del poblado de Peña Negra en Crevillente, Alicante.
    En otro orden de cosas el enclave de Meca, en Ayora, Valencia, muy cercano a la frontera con Albacete, y que domina un amplio territorio en el que se engloban Alpera y Almansa, ejerce un enorme poder de atracción económica y social, que para los momentos que nos ocupan se reflejan en la existencia de una seria de materiales de clara filiación orientalizante, posiblemente fenicios, como son ánforas y cuencos trípodes.
    Si queremos conocer el mundo indígena en su ámbito funerario, hemos de irnos a la necrópolis de Hoya de Santa Ana, núcleo que tiene su origen hacia el siglo VII a. de C. a juzgar por algunos materiales que aparecen. Se trata de la fíbula de pivote, un interesante ejemplar con bolas perforadas a modo de remates. También son de destacar las fíbulas de doble resorte que acompañan a urnas funerarias realizadas a mano, claro exponente de la síntesis entre lo que es propiamente local y aquello que proviene del exterior. Las cerámicas ofrecen perfiles de fuerte tradición local y otros que imitan formas nuevas, imitaciones que nos hablan del reducido poder adquisitivo tanto de la persona enterrada y de su entorno, a la vez que se indica el mantenimiento de tradiciones anteriores, tradiciones expresadas en la técnica de realización de estas vasijas.
    Otros ejemplos como la frontalera de caballo para su enjaezamiento, procedente de El Lobo, en Lezuza, que señalan la existencia de una élite ecuestre en momentos tempranos de la Cultura Ibérica, o tal vez antes, habla de la extensión del proceso de transformación y cambio de sociedades primitivas a otras más evolucionadas y complejas, en la que la jerarquización está empezando a manifestarse.

Pero es a partir de la segunda mitad del siglo VI a. de C. cuando el cambio adquiere tal envergadura que podemos empezar a hablar de la Cultura Ibérica propiamente dicha. Es el momento en que poblados como los Almadenes se desocupan en un proceso oscuro y nada conocido, mientras que otros yacimientos como posiblemente El Tolmo de Minateda, Hellín, y el Cerro Fortaleza en Fuente Álamo, adquieren una gran preeminencia y extienden su influencia por su entorno, adquiriendo la categoría de poblados centrales y decisivos en las relaciones económicas de intermediación y producción. Si los poblados son escasamente conocidos, las necrópolis no lo son tanto, ya que conocemos un mayor número de elementos ibéricos antiguos a través de la prospección y los hallazgos fortuitos.
    Dichos elementos, de gran categoría, se estructuran en dos grupos principales. Por una parte los que podemos considerar arquitectónicos, y por otra aquellos que se engloban en el campo de la escultura. Entre los primeros cabe destacar monumentos como la torre de Pozo Moro en Chinchilla, que no es la única, sino que existen otras como en Haches en Bogarra y en El Salobral, Albacete t. m.
    En una categoría inferior, si bien pertenecientes también a las clases más elevadas de la sociedad ibérica, están los pilares estela de los que conocemos un mayor número, ya que aparecen en el Bancal de Capuchinos, en Caudete, en la Hoya de Santa Ana en Chinchilla o en el Cercado Galera, Liétor. Son estos edificios los que nos hablan de la estratificación social ibérica, que en un primer momento parece tener un sistema político basado en la monarquía sacra de carácter divino para después pasar a una monarquía basada en rasgos heroicos representados a través de edificios de tipo “heroa” como el que apareció en Porcuna, Jaén y que aquí en Albacete no tenemos aún constatados pero que sí podemos rastrear gracias a ciertos elementos escultóricos como los aparecidos en Casa Quemada, Albacete t. m., La Losa en Casas de Juan Núñez o el Llano de la Consolación en Montealegre del Castillo.
    Este arte funerario ibérico sólo se comprende si se ha establecido una estructura social jerarquizada de tipo piramidal cuyo objetivo es el control económico de las materias primas propias del territorio, de las importaciones que se llevan a cabo desde el exterior y de los circuitos de intermediación comercial locales y comarcales. Sólo así se comprende el que vengan maestros escultores que tallen los relieves de Pozo Moro, con un ciclo mitológico referente a Melkart/Herakles, y otros maestros que por ejemplo esculpen el caballo de La Losa, verdadero exponente de la calidad escultórica de la época ibérica antigua.
    Es el momento cronológico en que la influencia orientalizante va diluyéndose poco a poco a favor de una mayor presencia de tipo griego, que se va viendo en la mayor abundancia de elementos exportados por comerciantes helénicos bien con base en Ampurias, Gerona, bien con localización en la costa alicantina, ya que debemos traer a colación las colonias de Hemeroskopeion y Arka Leuke, ambas de localización imprecisa, aunque citadas en las fuentes antiguas.
    Estos elementos de tipo griego son la cerámica de figuras negras que aparece en la tumba de Pozo Moro y el asa de jarro de bronce del mismo enterramiento. A ello debemos sumar la presencia de pequeñas esculturas como el sátiro itifálico del Llano de la Consolación o ciertos rasgos grequizantes de la escultura ibérica que se expresan en el caballo de La Losa y en la escultura de Casa Quemada fundamentalmente.
    A nuestro juicio la presencia griega viene dada por el interés creciente que van teniendo los comerciantes griegos y del entorno griego por territorios interiores, explotados anteriormente por sociedades orientalizantes. Es una manera de introducirse en un mercado de gran potencial con una serie de productos que interesan más al gran público. Aún así en este momento de transición centrado a lo largo de la segunda mitad del siglo VI a. de C., los productos orientalizantes siguen estando presentes en Albacete, con un ejemplo muy significativo, ya que en la Quéjola, en Casas de Lázaro, se ha localizado una figurilla en bronce, procedente de un taller gaditano, representando a una joven sacerdotisa de la diosa de Astarté.
    A la vez la cultura ibérica adquiere en este período su carta de identidad y no podemos dejar de sorprendernos por la manera en que lo hace, ya que se manifiesta de un modo tan brillante que en poco tiene que envidiar a otras zonas culturales peninsulares y mediterráneas. Se ha querido ver en ella el producto de las influencias griegas sobre todo, pero creemos que en todo caso la deuda la tiene con el mundo fenicio en un primer momento y con las sociedades orientalizantes después, sociedades que giran en torno a los primeros. Son los indígenas los que se van transformando paulatina pero continuamente, originando y creando una estructura social compleja que va evolucionando en el tiempo.
    Ahora bien, la cuestión básica se centra en determinar cuales son los recursos que tiene Albacete que hace que se fijen las poblaciones orientalizantes en este territorio tan variado. Desde luego en el primer momento, cuyo ejemplo lo tenemos en Los Almadenes, el desarrollo poblacional no es alto ni la evolución social es muy complejo. Pero a partir de la segunda mitad del siglo VI a. de C. si podemos rastrear diversos enclaves, algunos de ellos fechables hacia finales del mismo siglo que ofrecen un panorama más desarrollado y una población más densa.
    A nuestro juicio la riqueza y desarrollo ibéricos a partir del mediados del siglo VI a. de C. se apoya fundamentalmente en la agricultura y la ganadería, mientras que la metalurgia del hierro y en menor medida la del bronce es un elemento secundario. Ello se ve si analizamos el panorama minero de la provincia de Albacete, en la que los filones metalíferos de estos elementos son escasos y difícilmente explotables. Otro tanto ocurre con la plata y el oro de los que se conocen escasísimos ejemplos. Ellos no es obstáculo para que la actividad metalúrgica se lleve a cabo pero en un grado que no debe pasar más allá de la cobertura de ciertas necesidades básicas de la población ibérica de Albacete, mientras que las grandes piezas que debieron ser adquiridas por las clases dirigentes tuvieron que ser importadas de otros lugares de España.
    Y esta riqueza y concentración de los medios productivos debe apoyarse en el auge de un centro económico como Cástulo, en Linares, Jaén, a partir de la segunda mitad del siglo VI a. de C. Auge que se amplifica por la posible decadencia de otro lugar como es el núcleo tartésico de Huelva-Cádiz, que se deba posiblemente al agotamiento de los filones de plata de estos lugares. Ello implica el que Cástulo tomase el protagonismo de la explotación de un metal fundamental en la economía protohistórica y que por tanto lugares periféricos como el territorio de Albacete se desarrollen al compás de las necesidades de productos básicos para surtir a este centro de explotación económica.
    Así se desarrollan los enclaves ibéricos más señalados de Albacete y se crean otros nuevos como El Castellón, entre Hellín y Albatana, en donde un grupo de iberos funda un poblado en el lugar en donde estuvo enclavado un asentamiento del Bronce Final con una muralla ciclópea que en esos momentos aún debía se visible. Es un asentamiento que ofrece una trama urbana prácticamente inexistente, habiendo documentado cabañas de planta irregular con suelos de arcilla y una gran cantidad de material cerámico. Entre este destacan los dos fragmentos de copas griegas de barniz negro conocidas como tipo Cástulo y las ánforas, que se pueden agrupar en dos grandes categorías, las que ofrecen un hombre carenado, asa gruesa, cuello señalado y borde saliente engrosado, que son las que podemos considerar como indígenas o locales, con unas pastas de color rojizo, y aquellas que tienen unas pastas distintas y un borde triangular sin cuello se conocen como Tagomago y que proceden seguramente de la zona del Estrecho de Gibraltar.
    Es evidente que estas ánforas son importaciones, conteniendo productos que no conocemos pero que interesan a nuestros indígenas. Su vía de llegada debe ser seguramente la que enlaza con la costa alicantina y murciana, ya que no podemos pensar que vengan por una vía interior que pasara por Cástulo (Linares, Jaén), debido fundamentalmente a las dificultades de su transporte. De ello se desprende que el mundo ibérico albacetense aún sigue manteniendo ciertos contactos con el mundo andaluz, que ahora se conoce como turdetano.
    Otro poblado de similar fecha es el asentamiento de la Quéjola, donde se han excavado diversos edificios de los que uno de ellos se considera como un espacio singular con una funcionalidad distinta y especial. En él las copas Cástulo y las ánforas locales son elementos fundamentales por la presencia de las primeras y por la abundancia de las segundas.
    La destrucción del poblado ibérico de El Castellón hacia la segunda mitad del siglo V a. de C. supone un cambio en la ordenación territorial que tiene que ver seguramente con un cambio de índoble política, económica y social. Cambio que parece rastrearse asimismo en la destrucción de ciertos monumentos funerarios correspondientes al período precedente, de lo que parece desprenderse un clima de cierta inestabilidad política que conlleva asociada una introducción masiva de cerámicas griegas de barniz negro. Dicha inestabilidad acaso se deba a un cambio de manos en el poder político, que lleva aparejado un cambio en las relaciones comerciales, relaciones que ahora se enfocan más hacia el ámbito de Ampurias, dejando a un lado el territorio tartésico evolucionado que en esos momentos no parece tener la suficiente fuerza como para mantener un mercado que le fue propio durante mucho tiempo. A esto debemos unir el hecho de que Cástulo parece también interesada o influenciada por los intereses comerciales griegos, por lo que el cambio parece encontrarse maduro. Sería interesante saber qué papel juegan en dicho cambio los grandes poblados ibéricos de Albacete, nosotros pensamos que mantienen su vida y que sólo se verifica un reordenamiento de los espacios fronterizos entre diversos poblados principales.
    Es a partir de este momento cuando la Cultura Ibérica se consolida y entra en un período que podemos determinar como estable, en el que las élites sociales se entierran en túmulos escalonados tanto de adobe como de piedra y en encachados de piedra. Es el momento de la aparición de armas en las necrópolis y es el momento de auge de los grandes castros ibéricos como El Tolmo de Minateda y otros muchos de los que sólo conocemos algunos datos. Un momento que hemos convenido en denominar IBÉRICO PLENO.