Andrés de
Vandelvira y sus tres estilos . Por Fernando Chueca Goitia,
artículo publicado
en el Boletín Informativo "Cultural Albacete",
marzo de 1985
(número 14).
Andrés de Vandelvira es un arquitecto
que recientemente ha merecido cada vez más atención. No sólo se ha valorado
progresivamente su obra, sino que se han hecho bastantes estudios sobre su
personalidad y sobre su arte. Es indudable que el autor de estas líneas ha sido
de los que han contribuido, en alguna medida, a esta empresa, consistente en
situar al gran arquitecto en su debido puesto dentro de la Historia del Arte.
Como sucede, en general, cuando se trata
de artistas que pertenecen a una época bastante lejana, su conocimiento en
algunos aspectos no es del todo completo. Qué duda cabe que durante la Edad
Media esto era todavía más extremado y que muchos de los grandes maestros de
aquella época quedaron, por decirlo así, en el anónimo. A partir del
Renacimiento ya las cosas cambian, y desde el momento en que el hombre adquiere
un protagonismo mayor en la historia su biografía empieza a ser mucho más
conocida. De las grandes figuras del Renacimiento, sobre todo en Italia, debido
a las memorias y crónicas de la época, el conocimiento muchas veces es
profundo y extenso.
No es éste ciertamente el caso de
Andrés de Vandelvira, cuya vida tiene zonas todavía muy oscuras. Como es
natural, estas zonas se refieren especialmente a los orígenes, infancia,
juventud, primera formación, etc. Empezamos por no conocer exactamente quiénes
fueron sus padres, ya que a pesar del testamento, perfectamente conocido, no se
habla en él de sus progenitores y sólo sabemos el lugar de su nacimiento
en Alcaraz, en la actual provincia de Albacete.
Lo más verosímil es que su padre fuera
un maestro, posiblemente entallador, llegado del norte de Europa, quién sabe si
de Flandes. El apellido Vandelvira puede ser una forma castellanizada de un
Van-der...
En algunos papeles antiguos se habla de
un tal Pedro de Vandelvira, y acaso éste fuera el nombre de su padre, cosa que
no se puede en ningún caso demostrar mientras no aparezcan nuevos documentos
que lo atestigüen.
El padre de Vandelvira pudo ser el autor
de la portada de la fachada de la Trinidad de Alcaraz, que revela en su
imaginería rasgos nórdicos. Era frecuente que estos maestros itinerantes
llegados del extranjero fueran ocupados en diversas obras en una época en la
que en España se vivían momentos de plenitud y tanto la iglesia como los
nobles y magnates rivalizaban en obras suntuosas e importantes. Si así fuera,
Andrés de Vandelvira nacería en Alcaraz mientras su padre labraba esta
portada. No vamos a detenernos, por otra parte, en este hecho, ya que nuestro
trabajo de ahora no consiste en una disquisición erudita sobre los orígenes
del arquitecto, sino en un análisis de las principales etapas de su obra.
Andrés de Vandelvira, como es sabido,
aparece por primera vez trabajando como modesto cantero en las obras del
Convento de Ucles. El año 1530 aparece su nombre con motivo de un pleito
promovido contra el Prior por algunos operarios. Según las fechas más ciertas,
tendría Andrés en este momento 21 años.
Después su nombre vuelve a desaparecer y
surge de nuevo en el año 1536, con motivo del contrato para construir la
Iglesia del Salvador de Ubeda. Junto con Vandelvira Alonso Ruiz, que luego no
vuelve a aparecer y del que carecemos de otras noticias.
Los constructores se obligan a seguir los
planos y condiciones debidos a Diego de Siloée, el gran maestro escultor y
arquitecto burgalés.
En esta obra se fragua la personalidad
del joven arquitecto de Alcaraz, amparada no sólo por la figura de Diego de
Siloée, sino por la de un escultor que allí trabaja inicialmente y que
se llama Esteban Jamete. Se puede decir que la que nosotros llamaríamos primera
etapa de su arte se centra en dos monumentos muy característicos, el Salvador
de Ubeda y la Capilla Mayor del Convento de San Francisco de Baeza, fundación
de la familia Benavides.
El Salvador de Ubeda ya sabemos que es
fundación de D. Francisco de los Cobos, secretario del Emperador Carlos I y
hombre de su confianza en materia hacendística. Luego D. Francisco de los Cobos
va a alcanzar una enorme prepotencia durante los años en que reinó el
Emperador y sirvió al estado en múltiples asuntos y cargos de responsabilidad.
No hay que olvidar que la Capilla del
Salvador es una capilla funeraria, tema que estuvo muy en boga durante el siglo
XV y buena parte del siglo XVI. Muchas ilustres familias se hacían labrar
monumentales y suntuosas capillas unidas a templos ya existentes. Tal es el
caso, por ejemplo, de la Capilla del Condestable en la Catedral de Burgos,
fundada por la familia de los Velasco, y la Capilla de Santiago en la Catedral
de Toledo, que se hizo labrar D. Alvaro de Luna, aunque no pudo verla
construida, y esto corrió a cargo de su mujer. De la misma manera, otra gran
capilla del estilo gótico naturalista es la de los Vélez, en la Catedral de
Murcia.
Pero igualmente, en ocasiones, estas
capillas se hacían no adheridas a templos existentes, sino organizándose como
templos independientes. Tal es el caso del Salvador de Ubeda, capilla funeraria
que constituye una pequeña iglesia por sí misma. No vamos a hablar de
todo el lujo desplegado en esta extraordinaria fundación de D. Francisco de los
Cobos y en la que tanta parte tomo el entallador Esteban Jamete y más
adelante, labrando el retablo, el gran escultor castellano Alonso
de Berruguete.
Pero lo que queremos destacar es que aquí se despliega el arte de Vandelvira en
su primera etapa, en la etapa que podemos llamar plateresca. Es cierto que la
concepción general del edificio corrió a cargo de Diego de Siloée, pero una
vez iniciadas las obras con sus trazas fueron los maestros ejecutantes los
responsables de su desarrollo, y ya se sabía que en aquella época el
desarrollo no era una repetición exacta de unas trazas recibidas, sino una
creación por sí misma. Las trazas o condiciones no podían tener una gran
exactitud y el maestro tracista tampoco podía viajar a menudo para controlar su
seguimiento. Por lo tanto, quedaba a cuenta de los ejecutantes mucho de la
interpretación, en la que intervenía su gusto personal.
Esto lo podemos apreciar perfectamente en
la Iglesia del Salvador, donde Vandelvira y Jamete fueron los intérpretes
libres de una obra pautada. Sobre todo en las portadas y en la parte de
imaginería esto es evidente. La portada principal del Salvador sigue más o
menos las líneas de la puerta del Perdón del crucero de la Catedral de
Granada, pero es distinto el tratamiento y varían naturalmente las dimensiones.
La obra de Ubeda es más fina y delicada, y la gloria de sus elementos
escultóricos, algunos bellísimos, pertenece a Jamete.
En la fachada principal existen dos
hermosos escudos sobre una especie de urnas sepulcrales, y estos escudos
corresponden a las armas de don Francisco de los Cobos, comendador de León, y
doña María de Mendoza, su cónyuge. El escudo del comendador está sostenido
por atlantes, y el de la mujer, por unas graciosas figuras femeniles. El gusto
por las grandes figuras humanas, cariátides, atlantes, telamones, etc., se
impone en la región de Jaén y será luego distintivo de la obra de Vandelvira.
También aparecen en esta fachada algunos símbolos funerarios indicando que se
trata de una capilla panteón. Las otras dos portadas son también originales de
Vandelvira, con la colaboración de Jamete. La portada sur, quizá más
original, tiene rasgos que indican la influencia de Pedro de Machuca, el gran
pintor y arquitecto que trabajó en el Palacio de Carlos V de Granada. La
portada norte resulta algo más convencional, siguiendo modelos consabidos del
plateresco. Está dedicada a Santiago.
Lo que sin duda no estaba previsto en el
plan inicial de la Iglesia es la sacristía y hubo de labrarse un poco forzada,
con una entrada de ángulo por una capilla contigua al presbiterio y al lado del
Evangelio. La sacristía por sí misma es una pieza no muy grande, pero
delicadísima, en la cual aparecen las bóvedas vaídas, de las que tanto
gustaba Vandelvira, y unas bellísimas cariátides sosteniendo el entablamento a
plomo de los arcos fajones. Otro rasgo más de influencia de Esteban Jamete.
Como hemos dicho, junto con la Capilla
del Salvador y con poca diferencia cronológica, construye el que ya va siendo
un maestro consumado la Capilla de los Benavides en la Iglesia del Convento de
San Francisco de Baeza. Aquí no se trata de una capilla funeraria autónoma,
sino, por el contrario, de una gran capilla vinculada a una iglesia existente a
la que domina por su tamaño y riqueza. Sirve de cabecera o presbiterio al resto
del templo. Desde el punto de vista arquitectónico, lo más saliente de esta
capilla de Baeza era la bóveda, construcción de piedra de un enorme
atrevimiendo, dado el tamaño de esta capilla cuadrangular. Por el manuscrito de
Los Cortes de Cantería del hijo de Andrés de Vandelvira, Alonso, podemos
conocer en líneas generales cómo se cubría este espacio. Hoy es un dolor que
al abandonarse el templo con motivo de la exclaustración y al perderse las
cubiertas esta bóveda o cúpula se haya desmoronado.
Pero todavía nos queda la magnífica
decoración, en la que vemos muchos temas que continúan los iniciados en la
Capilla del Salvador y donde debió existir la misma colaboración de Esteban
Jamete.
De los costados principales de esta
capilla nos queda uno casi entero, con el escudo de los Benavides sostenido por
Atlantes, mientras que el otro ha desaparecido casi por completo. Encontramos
aquí el mismo gusto por la decoración delicada, pero lujosa, y la misma
tendencia a utilizar la figura humana no sólo en relieves alusivos, sino en
grandes figuras, con la de los susodichos Atlantes.
Este período y esta manera de Vandelvira
se puede detectar en otra serie de obras, como son la portada de la Iglesia de
San Nicolás de Ubeda y algunas otras en las que no vamos a detenernos.
Pero Andrés de Vandelvira, cada vez
dueño de una formación más sólida, se enfrenta con temas de mayor
envergadura, como es, sobre todo, el de la Catedral de Jaén, y entonces el
maestro abandona lo que pudiéramos llamar el estilo plateresco y el gusto por
el ornato delicado, bien basado en la figura humana o en elementos tomados de
los grutescos, del primer renacimiento, en busca de soluciones
arquitectónicamente, es una creación verdaderamente genial.
Aquí se vale de elementos
arquitectónicos puros, pedestales, columnas, entablamentos, arcos, bóvedas,
recuadros, para lograr un espacio impresionante y de una belleza verdaderamente
original. A diferencia de lo que ocurre en el Salvador o en la Capilla de San
Francisco de Baeza, aquí apenas vemos figuras humanas, decoración más o menos
simbólica o alusiva, sino sólo puras líneas arquitectónicas. Elementos
lineales, recuadros o formas abstractas a las que se une el lujo de las columnas
clásicas. A la sacristía de la Catedral de Jaén corresponde el cénit de esta
manera de concebir la arquitectura, pero esto se trasluce igualmente en la Sala
Capitular de la misma Catedral, de dimensiones menores y de nuevo con cierta
influencia de Machuca y en la cripta y escalera de bajada en la misma, todo ello
formando una indisoluble unidad.
Este estilo, eminentemente
arquitectónico, se impone en la misma catedral, que Andrés de Vandelvira no
pudo ver realizada más que en una mínima parte, pero para la que dejó trazas
y modelos suficientes para que la obra se continuara a través de los años
según sus deseos y proyectos.
Es segundo estilo de Vandelvira, el
abstracto lineal y arquitectónico, se extiende también a otros monumentos,
como son los grandes palacios que él pudo llevar a cabo. Sin embargo, en el
mejor de ellos, el Palacio Vázquez de Molina, se alegra su severa arquitectura
con un orden antropomorfo, que corresponde a la tercera planta del edifico. Es
decir, todavía quedaba el rescoldo de la influencia de Esteban Jamete.
También a este segundo estilo
corresponden palacios como el de Vela de los Cobos o como el de la marquesa de
Rambla, que, si son severos, mantienen un nexo con el pasado al mantener los
escudos heráldicos con ayuda de figuras humanas de gran tamaño.
Parecería que la obra de Vandelvira ya
iba a adquirir una firmeza y continuidad dentro de este estilo,
en el que la riqueza escultórica ha sido sustituida por las líneas arquitectónicas, pero
todavía le quedaba a Vandelvira dar un último paso en su estilo y en su manera
de concebir la arquitectura, y este paso lo da fundamentalmente cuando construye
en la misma ciudad de Ubeda su verdadera pieza artística, el famoso Hospital de
Santiago, fundado por Don Diego de los Cobos, Obispo de Jaén y sobrino de don
Francisco de los Cobos, por lo tanto perteneciente a esta ilustre e influyente
familia. Desgraciadamente no podemos darnos cuenta en toda su magnificencia de
lo que hubiera sido este tercer estilo de Vandelvira, porque el Hospital de
Santiago de Ubeda ha perdido mucha de su antigua riqueza y ha perdido, sobre
todo, el exorno pictórico.
No vamos a detenernos aquí en
consideraciones sobre el interés y la originalidad de este interesantísimo
monumento, posiblemente la obra más singular de todas aquellas que nos dejó
Vandelvira. La composición de su fachada, enormemente dilatada y terminada en
sus dos extremos por hermosas torres, la disposición del patio, escalera de
honor y la estructura misma del templo así lo declaran. Este templo es una de
las creaciones más originales de nuestra arquitectura renacentista y tiene una
planta distribuida en tres espacios: dos de ellos de más desarrollo transversal
y uno intermedio más estrecho, que está contenido entre las dos torres. Es
decir, que las torres de la Iglesia del Hospital no están ni en la fachada ni
en el ábside, sino en el comedio del templo, sirviendo de contrarresto a las
bóvedas del mismo, a las que sirven de estribo.
Pero lo que nos interesa de este templo,
sobre todo ahora, es que Vandelvira, que ya ha abandonado la decoración
escultórica de estilo plateresco, abandona también el lenguaje de las líneas
arquitectónicas relevadas y deja las superficies lisas para ser decoradas por
pinturas. Es decir, esta Iglesia si la viéramos tal y como la terminó y tal y
como la concibió Vandelvira, sería un espacio extraordinariamente sugestivo,
valorado por unas pinturas al fresco que llenarían no solamente las bóvedas,
sino todos los paramentos, procurando una sinfonía que sólo encontramos en
algunos monumentos italianos y que nos hace pensar en una especie de Capilla
Sixtina del arte ubetense. Perdonésenos esta osada comparación que no tiene
que ver con la calidad de las pinturas, sino con la idea y el concepto.
También en la curiosa sacristía de la
iglesia del Hospital de Santiago, mucho más modesta, por supuesto, que la
sacristía del Salvador y, sobre todo, que la de la Catedral de Jaén, podemos
contemplar que Vandelvira dejó todas las superficies muy lisas sin ningún
elemento arquitectónico en relieve con el ánimo de dar toda la importancia
expresiva a la pintura mural. Estas pinturas están hoy un tanto deterioradas,
pero si se hiciera una restauración se podrían advertir cuál era la idea y la
visión última que tenía la arquitectura del maestro.
Es decir, pasa por tres etapas. La
última menos desarrollada, porque, sin duda, no tiene ocasión de desplegar sus
ideas y porque pronto le alcanza la muerte; pero a través de
la Iglesia del
Hospital, de su Sacristía, del gran techo de la inmensa escalera, podemos
advertir algo de lo que decimos: cómo Vandelvira pasa por tres fases muy claras
en la evolución de su arte. Primero, la fase plateresca y florida, donde la
escultura ornamental es el principal exorno arquitectónico, y otra en la que la
arquitectura triunfa por sí misma y donde prevalecen sus líneas
estrictas y severas, para llegar, por último, a una solución que está dentro
de las grandes creaciones del Renacimiento italiano, en las que la pintura mural
alcanza una significación de primer orden.
No sé si los historiadores del arte
estarán conformes con este análisis y con esta teoría de los tres estilos de
Vandelvira, pero a mi modesto parecer esto es evidente y esto es lo que quería
manifestar en este artículo, ya que volver a repetir tantas y tantas cosas
sobre Vandelvira como las que se han dicho y las que yo mismo he vertido por
escrito me parecería en este caso menos interesante.